Kleber Mendonça Filho ha construido una de las filmografías más sólidas y reconocibles del cine latinoamericano contemporáneo. Crítico antes que director, debutó en el largometraje con O Som ao Redor (2012), seleccionada entre las mejores películas del año por The New York Times. Luego vinieron Aquarius (2016), nominada a la Palma de Oro en Cannes; Bacurau (2019), Premio del Jurado en el mismo festival; el documental Retratos Fantasmas (2023); y más recientemente Agente secreto (2025), por la que obtuvo el premio a Mejor Director en Cannes y el Globo de Oro a Mejor Película en Lengua No Inglesa, además de varias nominaciones al Óscar.
Mendonça Filho continúa expandiendo un cine que combina memoria personal, historia nacional y géneros populares sin jerarquías. Para él, el cine no es un territorio de pureza, sino un espacio donde todo puede dialogar. Sus películas exploran la memoria urbana, la tensión política y la violencia estructural de Brasil, siempre desde una puesta en escena que dialoga con el thriller, el western, la ciencia ficción o el horror. Mendonça Filho conversó con sobre su proceso creativo, su relación con el cine de género y el papel de la violencia en su obra.
Sus películas suelen explorar la intersección entre memoria personal, espacio y tensión política. ¿Cómo describe su aproximación al relato y qué lo impulsa a mezclar lo íntimo con lo social?
Todo empieza con el deseo de desarrollar una historia. Ese deseo no es abstracto; incluso pienso desde el principio cómo voy a filmarla, qué lentes usaré. En Bacurau y en Agente secreto utilicé lentes anamórficos panorámicos, una herramienta muy asociada al cine estadounidense. Me interesa mezclar eso con una fuente muy brasileña. Esa combinación me entusiasma.
Muchos califican mis películas como políticas. Lo entiendo, pero nunca me senté a escribir diciendo “haré una película política”. Sin embargo, si uno vive en sociedad y expresa desacuerdos con el estado de las cosas, ya está siendo político. Incluso consumir sin cuestionar es una postura política.
En Agente secreto hay un hombre bueno, casi un héroe clásico, interpretado por Wagner Moura. Es un científico, tiene un hijo, actúa con integridad. Pero sus buenas acciones generan rechazo y castigo. Me interesaba esa tensión: cuando los valores están invertidos, hacer lo correcto puede convertirse en un problema. Hay una frase que discutí mucho con Wagner: “Ninguna buena acción queda sin castigo”.

En Agente secreto, como en Bacurau o Aquarius, el cine de género tiene un papel importante. ¿Qué le atrae de esa mezcla?
Creo que somos lo que consumimos, en un sentido poético. Crecí durante la dictadura viendo cine estadounidense muy popular porque era lo que llegaba. Close Encounters of the Third Kind, Superman. Tuve suerte: eran buenas películas. Luego descubrí el cine brasileño, a Glauber Rocha, a Nelson Pereira dos Santos.
Todo eso forma una especie de sopa. Entendí muy joven que lo mejor del cine no es la pureza, sino la impureza. Mezclarlo todo. Un recuerdo puede venir de una película de De Palma o de un comercial de televisión de 1979 con un jingle maravilloso. Las ideas promiscuas me parecen más interesantes. El cine puede ser muchas cosas a la vez.

La violencia en su obra suele ser abrupta y simbólica. ¿Cómo la concibe, especialmente en relación con la historia brasileña?
Siento una responsabilidad. La violencia se ha vuelto barata en la vida real y también en el cine. En redes sociales uno ve imágenes que no quiere ver: alguien atropellado, alguien ejecutado. Eso me afecta.
En el cine, si vas a mostrar violencia, debe sentirse destructiva y honesta. No puede ser un gesto trivial. Es muy fácil que alguien saque un arma en pantalla. Yo no quiero que eso sea vulgar. En Agente secreto hubo una escena que planeamos durante meses porque necesitaba ser fuerte, gráfica, incómoda. La violencia es fea. Si aparece, debe recordarlo.

Trabajó en más de una ocasión con el fallecido Udo Kier. ¿Qué encontró en él como actor?
Udo fue un gran artista y una persona muy especial. Nos hicimos amigos en Bacurau. Para Agente secreto escribí un personaje que dialoga con la comunidad judía de Recife, que tiene una historia importante —la primera sinagoga de América está allí.
Recuerdo al sastre al que iba mi padre cuando yo era niño. El personaje tiene el archivo en su propio cuerpo, en sus cicatrices. Viene de otro tiempo, de la guerra. En la película, un personaje de extrema derecha lo asume como ex soldado alemán solo por su origen. Pero era un judío alemán. Esa confusión habla mucho de la ignorancia histórica. Udo entendió eso perfectamente. Estoy muy feliz de haber trabajado con él.
¿En qué está trabajando ahora?
Estoy viajando con Agente secreto y viviendo una etapa muy intensa. Extraño a mis hijos, eso sí. Pero las ideas nuevas están llegando de forma casi incontrolable. Quizás estas experiencias las alimentan. Es demasiado pronto para hablar de un proyecto concreto, pero siento que el próximo año podré sentarme a escribir algo nuevo.
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