El grito “¡Libertad, libertad, libertad!” no es un eco, es una piña sonora que retumba frente al Hotel Libertador en la oscura y fría noche de domingo. Hay ambiente de fiesta pesada, casi una liturgia tribal de la nueva derecha, en el búnker de La Libertad Avanza. El encuentro de Maipú y Avenida Córdoba es, por decreto celestial de las urnas, el punto de reunión terrenal de las Fuerzas del Cielo. Los mileístas están en llamas, en un paroxismo colectivo de éxtasis. Agitan banderitas argentinas con el inconfundible avatar del León, su mesías. También abundan las amarillentas telas estampadas con la cascabel de Gadsden y su eslogan: “Don’t tread on me” (no me pises). Made in USA, como los dólares y tuits que recibió el gobierno libertario de parte del Tesoro norteamericano para llegar a flote a los comicios legislativos. Donald Trump conducción.
El “León” Javier Milei dio otro zarpazo y, esta vez, el rugido fue ensordecedor. En la noche del domingo 26 de octubre, las pantallas del hotel no dejan dudas. Proyectan un mapa electoral, que es una alucinación violeta: a pesar del ausentismo más alto desde la vuelta de la democracia –un fantasma silencioso en cada elección–, la Argentina se tiñó del color de La Libertad Avanza. Ganó en 15 provincias de Ushuaia a La Quiaca, con remontada épica en Buenos Aires. Sumó así 64 diputados, unas 100 bancas propias en la Cámara Baja. En el Senado, anexó 13 escaños. Un voto que articula un complejo entramado: voto anti K, voto obsesión por el dólar, voto bronca, voto joven, voto de confianza, todo mezclado con la esperanzadora, pero aterradora visión de un futuro que sigue dando miedo y rechazo imaginar.
Otra elección histórica del outsider libertario, baluarte de la extrema derecha de estas pampas y más allá, el “Loco de la Motosierra”. Una jornada también histórica, por lo infernal, para el peronismo y las nuevas alianzas del centro, que parecen haberse quedado sin rumbo, lejos del paraíso. Queda claro que, para el progresismo, en octubre no hay milagros.
Suena un hit. “Tira piedras, kuka tira piedras”, cantan las gargantas poderosas la versión mileísta del “Dame fuego” de Sandro, frente al alojamiento en el microcentro porteño. Agitan una motosierra de cartón, símbolo de estos tiempos. Los gritos no son himnos de alegría; son aullidos furiosos, un coro de rabia: “Cristina -Kirchner- tobillera” y “Saquen al pingüino del cajón para que vea…”. Mantras liberadores para la multitud, luego de una elección para el infarto.
Cerca de la pantalla callejera, con la luz tenue reflejándose en su barba, corea Facundo Campos, un laburante del marketing digital radicado en Portugal. El joven cruzó el Atlántico, en una especie de peregrinaje laico, solo para depositar su voto violeta. “Me esperanzan estos tiempos”, dice, con la convicción de un converso. “Me fui en el 2022, fundido, y desde Europa veo que están haciendo las cosas bien. Milei renueva la esperanza, con ideas que dan resultados”.
Pero el optimismo tiene sus límites geográficos: Facundo no piensa volver al país en lo inmediato. “Quizá en diez años, cuando la Argentina sea grande de nuevo”. La esperanza, parece, se cultiva mejor a miles de kilómetros de distancia.
La señora Mabel está feliz. Es una jubilada estatal. Salta en una pata, una expresión física de un alivio inesperado, y agrega que, pese a los desajustes de la microeconomía, llega bien a fin de mes: “Por suerte no tengo que pagar alquiler, tengo buena salud y no tengo que comprar remedios. Mi hija es médica y me ayuda”. Esperanzada y, curiosamente, prudente, así se expresa Mabel, pese al cartel que muestra a las cámaras: “Retroceder nunca, rendirse jamás”. Detalla: “Quiero poder vivir en paz, sin inflación ni piquetes. Estoy cansada de las mentiras, ojalá Milei acuerde con el resto”. Su anhelo de paz y consenso suena casi subversivo en este aquelarre de polarización.

El look es forjado en tela bordó con detalles dorados; una estética que oscila entre la Roma imperial y lo sutilmente fascista. Corona los gorritos de Las Fuerzas del Cielo que venden los dealers callejeros por 10 mil pesos. Es la indumentaria de una guardia pretoriana de las redes sociales que repite hasta el hartazgo la cita de 1 Macabeos 3:19 y alaba al arcángel que mata a un demonio. Vade retro. Una iconografía que no es casual, sino calculada, cargada de pesados simbolismos y resonancias históricas.
En la falange, una marea de rostros encendidos, canta Leandro, trabajador de la industria farmacéutica: “Milei es un capo de la economía, va a arreglar este país para todos. La casta tiene miedo porque deja el Congreso”. Agrega, con la misma convicción que se tiene en un credo, que el triunfo mileísta es contra los corruptos peronistas. De las denuncias que salpican al gobierno y los vínculos narco prefiere no opinar. La fe en el líder libertario parece prevalecer sobre cualquier cuestionamiento. La máxima también se hizo carne en los sufragios marcados con birome en la nueva boleta única de papel.
En las entrañas del búnker celebran liberales, viejos macristas, nuevos caputistas, streamers en éxtasis, trumpistas criollos con sus gorritos “Make Argentina Great Again” y punteros conurbanos. Se ven banderas celestes y blancas, violetas y hasta alguna pirata de One Piece, emblema global de las protestas de la Generación Z.
Milei sube al ruedo exultante y sin rugir. Muestra un aura conciliadora, acompañado por su hermana Karina “El Jefe”: secretaria general de la Presidencia, asesora todoterreno, pitonisa y arquitecta de la estructura de la Libertad Avanza en todo el país. También lo escolta el armador y asesor sin firma Santiago Caputo. El “Triángulo de Hierro” libertario está a pleno. Cierra la velada el presidente: “Este resultado electoral sobresaliente renueva las esperanzas en nuestro país. No perdamos esta oportunidad única para producir las transformaciones pendientes y dejar atrás el pasado para siempre”. El futuro dirá.
“Milei, querido, el pueblo está contigo”, cantan en la calle los militantes, un coro que se eleva para saludar al presidente peinado por la mano invisible del mercado. Entonces, Las Fuerzas del Cielo, con su misión cumplida por ahora, dejan el frígido centro porteño y reptan, o quizás se arrastran en una mística procesión, rumbo al Congreso. Cae finalmente el telón de la noche electoral 2025. Otro cisne negro en la historia política argentina.
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