Nasa Histoires presenta Fauna, un proyecto donde se abraza el dolor como una compañía necesaria para seguir creciendo

En todo ecosistema hay dos fuerzas esenciales que se complementan: la flora y la fauna. Mientras la primera crece en silencio, echa raíces y sostiene el entorno, la segunda se mueve, reacciona y lo habita. No pueden entenderse por separado ya que juntas construyen un equilibrio en el que una da forma a la otra. Bajo esa lógica natural, Nasa Histoires traza un puente entre sus dos últimos trabajos, donde las ideas del anterior evolucionan y encuentran un punto de madurez en su más reciente álbum de estudio, Fauna.

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Este viaje conceptual comienza en su segundo proyecto, Flora, donde la agrupación colombiana —integrada por el vocalista Daniel Pinto, el saxofonista Víctor Cely, el baterista Santiago Jiménez, el bajista Daniel Tovar y el guitarrista Jair Serrano— retrata el inicio de la vida adulta. “Es una exploración de las emociones que no comprendemos muy bien: la ansiedad, la depresión, las inseguridades, esos cuestionamientos que uno se hace como ‘oiga, acabo de terminar la universidad, ¿hacia dónde debo ir?, ¿de dónde vengo?, ¿cuál es mi lugar en el mundo?’”, comenta Pinto.

Más allá de ese punto de partida, Flora también marcó un giro hacia un terreno mucho más íntimo para la banda. A diferencia de Aquellas historias —un debut centrado en historias de terceros—, este trabajo nació desde la experiencia propia, en medio de la incertidumbre que trajo la pandemia y una etapa de desarrollo personal y colectiva. “Fue un momento en el que estábamos muy frágiles. Acabábamos de terminar la universidad y empezábamos a cuestionarnos qué queríamos hacer. En medio del encierro descubrimos que muchos estábamos luchando con cosas que ni siquiera sabíamos: la ansiedad, la depresión…”, explica el vocalista. Esa carga emocional terminó desbordándose en canciones que, casi de forma orgánica, dieron forma a un disco donde —como las flores— las emociones pueden germinar, florecer o marchitarse según cómo se afronten.

Esa noción —la de las emociones como algo vivo, cambiante— es la que termina de tomar forma en el siguiente capítulo. En ese sentido, así como ocurre en la naturaleza, la flora establece el espacio físico donde los seres vivos habitan y se desarrollan, dando paso a Fauna. En este nuevo proyecto, según explica el vocalista, ya existe una mayor claridad frente a esas emociones y cuestionamientos incómodos: no basta con contemplarlos, también es necesario transformarlos. “Está bien estar mal, pero es importante hacer algo con esas emociones por las que a veces pasamos para poder crecer como seres humanos. Creo que en Fauna se explora eso. Es, en esencia, un abrazo al dolor: aceptarlo, transitarlo —incluso desde la terapia— y entenderlo no como un enemigo, sino como una compañía necesaria para convertirnos en una mejor versión”, explica.

Además de la evolución conceptual, también se percibe un crecimiento en lo lírico y en la construcción musical. Nasa ha sido, desde sus inicios, una banda que apuesta por la superposición de capas y la incorporación de matices de otros géneros —como el jazz— dentro de una base anclada en el rock indie. Esa búsqueda por expandir su sonido se ha mantenido constante, pero esta vez se siente más refinada y consciente.

En esa misma línea, Víctor Cely explica que, aunque la banda se ha mantenido fiel a una base instrumental clara —guitarra, bajo y batería—, la incorporación del saxofón ha sido clave para construir una identidad sonora particular. A esto se suma un proceso continuo de crecimiento como instrumentistas, alimentado por la escucha constante de nuevas propuestas y por una intención compartida de llevar al límite las posibilidades de cada integrante dentro del grupo.

“Es algo que ocurre mucho en una banda: siempre estamos en una especie de sinergia. Es inevitable que estemos conectados de alguna manera”, afirma Victor. “Yo, por ejemplo, tengo que escuchar a la guitarra para poder dialogar con el saxofón, y lo mismo pasa con el bajo. Hay varias líneas que se entrecruzan, y la evolución también se da a partir de cómo aprendemos a escuchar mejor lo que hace el otro y a complementarlo”.

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Esa conexión constante entre los integrantes no solo se traduce en lo sonoro, sino también en la manera en que la banda construye sus proyectos. En este último, el quinteto lleva esa evolución a un terreno más conceptual, apostando por un recorrido que pone en el centro emociones como la ansiedad, la tristeza y el cansancio mental, no desde una intención discursiva, sino desde la experiencia propia. “Nunca hemos buscado hablarle a un nicho específico de manera interesada. Si tocamos el tema de la salud mental es porque genuinamente hemos vivido situaciones que nos han hecho pasar momentos muy difíciles. Decidimos desnudar esa parte de nosotros, incluso cuando nos generaba miedo e inseguridad”, explica Pinto. Ese ejercicio de honestidad terminó conectando con oyentes que también sentían la necesidad de verse reflejados en canciones que abordaran emociones menos exploradas dentro de la música. A partir de ahí, el álbum construye un universo propio para desarrollar esa narrativa. 

La banda encontró en la lógica de un videojuego el hilo conductor ideal para darle forma a Fauna, un espacio donde lo simbólico y lo cotidiano pueden coexistir. “Nos interesaba que la música no se quedara solo en el audio, sino que existiera dentro de un universo. Pensábamos mucho en cómo aterrizar ese enfoque y, en medio de todo, surgió lo del videojuego”, señala Cely. Inspirados tanto en su gusto por los videojuegos —especialmente los de estética vintage— como en dinámicas donde el progreso no está ligado a la competencia sino a la experiencia, el grupo plantea el disco como una especie de recorrido emocional donde cada canción funciona como un nivel en el que el oyente se enfrenta a distintos conflictos. 

“Las canciones retratan eso: cómo una persona se enfrenta a la ansiedad en ‘Garras’ o a las críticas sociales en ‘Zorro’, como si fueran esos momentos clave que hay que atravesar para poder seguir avanzando”, añade Pinto. Así, Fauna no se limita a expandir el universo planteado en su trabajo anterior, sino que lo convierte en una experiencia inmersiva que dialoga tanto con la identidad de la banda como con la de su audiencia.

Ese recorrido emocional que plantea el álbum se hace evidente desde su apertura. ‘Presa’, la primera canción, funciona como una carta de presentación tanto del concepto como de la exploración sonora del disco. Según explica Jair Serrano, el tema condensa la intención experimental del proyecto, donde la banda lleva más allá la fusión de géneros que ha venido construyendo a lo largo de su carrera: “Desde las primeras canciones empezamos a acentuar elementos del jazz —como el swing— y en Flora incorporamos sonoridades colombianas más cercanas al folclore. Para este nuevo álbum sentimos que la exploración de otros géneros también respondía a la necesidad de profundizar en el concepto”.

En ese sentido, la búsqueda se conecta directamente con lo “selvático”: más allá de lo sonoro, también abarca las personalidades que habitan las canciones. “La fauna, en su diversidad, explora muchas personalidades, y con este álbum —y particularmente con ‘Presa’— sentimos que hacemos un llamado a relacionar esas identidades animales con el contenido de las letras y con las sonoridades de cada canción”, explica el guitarrista.

Tras esa introducción aparece ‘Oso de invierno’, una de las piezas centrales del disco y, para la banda, uno de los momentos más representativos de su espíritu. La canción nació a partir de un ejercicio de composición diaria impulsado por Daniel Pinto y, ya en el proceso colectivo, encontró su forma definitiva en el funk, que acompaña una letra atravesada por la procrastinación y el desgaste emocional. “Nos dimos cuenta de que tenía esa vibra y empezamos a construirla desde ahí, cada uno aportando desde su instrumento”, explica el bajista Daniel Tovar. Aunque en un inicio no estaba pensada como el foco del lanzamiento, su carácter dinámico y accesible la terminó convirtiendo en el focus track del álbum, consolidándose como uno de los puntos de conexión más directos con el público.

El cierre llega con ‘Ballenas’, un tema que además concluye el recorrido, también encapsula su dimensión más emocional y simbólica. Nacida casi de forma espontánea durante un día extra de grabación, la canción surgió de un momento de conexión colectiva dentro del estudio, donde la banda fue construyéndola en tiempo real. “Fue literalmente el cierre del álbum, incluso dentro del proceso de grabación”, recuerda el baterista Santiago Palomino. Esa condición casi accidental terminó dándole un peso especial dentro del disco.

“Es una despedida. Dependiendo de cómo uno la escuche, puede ser muy literal: una persona que muere y se despide desde la idea de ‘recuérdenme por las cosas bonitas’, pero también puede leerse como alguien que se fue de viaje y no regresó, como esas personas que pasan por nuestra vida, cumplen un ciclo y no vuelven”, explica.

Siguiendo ese camino, la banda decidió cerrar el concepto del álbum con una carga simbólica más amplia: “Quisimos hacer una alegoría a lo que representan las ballenas en muchas culturas —sobre todo asiáticas— como guías que acompañan el tránsito de lo físico a lo metafísico”, concluye el baterista.

Ese universo que Nasa Histoires ha venido construyendo no se queda únicamente en el estudio. Con el “Días Malos Tour”, la banda ha llevado esta nueva etapa a los escenarios a través de un show completamente renovado, con nuevos visuales, escenografía y una puesta en escena que expande la experiencia del álbum. “Estamos muy emocionados, pero también con ese nerviosismo del bueno, el que motiva a probar cosas nuevas”, cuenta Pinto. Tras un primer recorrido por Chile, Argentina —incluyendo su paso por el Lollapalooza— y Uruguay, el grupo ha podido medir la respuesta del público frente a esta nueva propuesta, encontrando una recepción que, según el vocalista, ha sido incluso sorpresiva: “Salimos de gira el mismo día que lanzamos el álbum y ya la gente se sabía las canciones”.

Más allá del despliegue en vivo, ese vínculo con la audiencia también responde a una forma particular de entender la música dentro de la industria actual. Para la banda, existe una diferencia clara entre las canciones que nacen con la intención de ser virales y aquellas que logran conectar de manera orgánica. De esa forma, su apuesta ha sido siempre la segunda: crear desde lo honesto, desde lo que duele y lo que atraviesa, sin responder a fórmulas preestablecidas. “No buscamos tocar un tema en específico si no es propio para nosotros. Exploramos lo que sentimos y, a partir de ahí, las personas conectan porque lo perciben genuino”, explica Pinto. Así, en un panorama dominado por la inmediatez, el grupo reafirma un enfoque que atraviesa todo su proyecto: que la conexión más duradera no nace del cálculo, sino de la autenticidad.

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Fauna no funciona sólo como la continuación natural de Flora, sino también como su transformación. Si en el álbum anterior las emociones brotaban de forma incierta, aquí encuentran un cuerpo, una forma de habitarse y, sobre todo, de cambiar. A lo largo de este recorrido —que se mueve entre un despliegue musical brutal, un concepto claro e interesante y una propuesta escénica impecable— Nasa Histoires consolida una identidad que no se define por fórmulas ni tendencias, sino por la manera en que logra traducir lo íntimo en algo compartido. Así, entre la raíz y el movimiento, entre lo que crece y lo que se desplaza, la banda termina de construir un ecosistema propio donde cada etapa no reemplaza a la anterior, sino que la expande. Y es precisamente en ese equilibrio donde su música encuentra su forma más honesta de permanecer.

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