Ser demasiado colombiano en Venezuela y demasiado venezolano en Colombia es una sensación conocida por quienes habitan esa frontera cultural donde las raíces se mezclan, pero las diferencias siguen pesando. Ese sentimiento de pertenecer sin terminar de encajar encuentra eco en el nuevo proyecto de Motherflowers, la agrupación venezolana conformada por Irepelusa, Frank Lucas y Veztalone.
Que vayan y lo cuenten no nace necesariamente de esa dualidad, pero sí demuestra que ambos mundos pueden convivir sin desplazarse entre sí. Para entender esa relación, hay que retroceder y mirar cómo el grupo ha construido una identidad que no se cierra a un solo sonido ni a una sola forma de crear.
La agrupación nació en el estado Anzoátegui, al oriente de Venezuela, y desde su comienzo siempre buscó experimentar con diferentes ritmos y corrientes sin alejarse de sus raíces. Más que responder a un plan premeditado, la identidad de Motherflowers se fue construyendo a partir del intercambio constante entre sus integrantes, en un ejercicio donde las obsesiones momentáneas de uno se convertían en territorio común para los tres. “Todos pasamos por diferentes etapas y todos nos prestamos para los momentos del otro”, explica Veztalone al recordar un momento en el que el interés de Frank Lucas por el bolero terminó transformándose en una exploración colectiva dentro del proyecto.
Esa dinámica —mostrar música fuera del estudio, compartir hallazgos del cono sur o influencias inesperadas, dejar que una conversación informal se convierta en punto de partida creativo— ha sido su verdadero motor. Como señala Frank, el trío ha funcionado como “un proyecto bastante paciente”, un espacio donde cada uno desarrolla su personalidad en paralelo y luego la pone al servicio de la banda. El resultado es una identidad moldeada por el contraste y el diálogo: “La esencia que tiene cada uno es lo que va moldeando la identidad de Motherflowers”, afirma Irepelusa.
“Nos permitimos muchas cosas y también nos quitamos muchas otras”, resume Vezta. En ese sentido, la prioridad no es imponer una identidad individual en cada canción, sino permitir que ella encuentre la suya propia. Esa libertad ha sido la base del proyecto y el punto de partida desde el cual comenzó a gestarse Que vayan y lo cuenten.

En el caso de este proyecto, la composición es un proceso completamente colectivo. Los tres estuvieron presentes desde la primera idea hasta la mezcla final, y suelen confiar en esa chispa inicial que aparece cuando unos acordes los hacen mirarse y decir, casi al unísono, “esto es”. Ahí nace la canción.
A partir de esa primera melodía o frase comienza una construcción conjunta: alguien propone una intro, otro ajusta una palabra, el tercero sugiere un giro, y poco a poco la pieza va tomando forma. No hay reglas fijas ni fórmulas predeterminadas, pero sí una especie de termómetro compartido donde si la idea no convence a los tres, se sigue buscando hasta que realmente vibren en la misma sintonía.
El tiempo que comparten y el intercambio constante de vivencias hace que las historias de uno terminen siendo también materia prima de los otros. Así, pueden escribir desde experiencias que quizás no estén viviendo en carne propia, pero que han acompañado de cerca. Para que eso funcione, hay una premisa clara: dejar el ego a un lado. La prioridad no es la autoría individual sino la obra en sí misma; el proyecto —con su perfección e incluso con su imperfección— es más grande que cualquiera de ellos.
Entrando de lleno al nuevo álbum, Vesta explica, entre risas, que “le pusimos este nombre porque queríamos que nos entrevistaras y que vayas y lo cuentes a todo el mundo”. Ya hablando en serio, el cantante confiesa que “sentimos que nuestra obra siempre ha estado muy de la mano con el cómo la gente termina traduciéndola, y que nuestros fans más que seguidores han sido embajadores de nuestra música. Una vez que el trabajo estuviera completo iba a ser más de ellos que de nosotros”. También comenta que, en el fondo, el proyecto busca contar su propia historia y sus raíces, fusionando sus gustos hasta construir lo que define como “una fotografía actual de unos venezolanos caribeños que viajan por el mundo”, con la intención de que otros la hagan suya y la cuenten.
“Siento que la idea principal de este álbum fue mucho de complacernos a nosotros en cuanto a la diversión que conlleva hacer música” destaca Lucas. “Muchas veces ese disfrute a la hora de crear se pierde por los tecnicismos de sonar mucho a la vanguardia, pero creo que no nos permeamos de nada de lo que estaba sucediendo en la industria musical sino que dijimos, ‘vamos a encerrarnos nosotros dentro de nuestro propio ecosistema’, y a partir de ahí empezar a construir”.
“Si bien siempre hay influencias, nosotros lo tomamos más como un tributo en cuanto a los tambores ancestrales que sumamos, a una mandolina muy de nuestra música —que es el galerón oriental—, y a partir de ahí fue que empezamos a realizar todos los sonidos. Fue más un encuentro que una búsqueda”, concluye, mientras Ire añade que el proceso también implicó “reconectar con esa inocencia, con ese niño interior y con esa esencia que existía cuando nació Motherflowers, allá en la Cruz del Paseo Colón, que fue donde nos juntamos por primera vez”. Volver a ese “dibujo libre” en el que la prioridad no era encajar en un género, sino dejarse llevar por la intuición y por la identidad que comparten como grupo.
Esa esencia se siente desde el primer tema del LP, ‘Falta poquito’. “La canción número uno de un álbum no solo te da un abreboca, sino que también te da el color completo del mismo. Te pone en contexto de qué vas a escuchar”, explica Frank Lucas, añadiendo que el tema condensa buena parte de la intención sonora del proyecto, mezclando percusiones ancestrales venezolanas con síntesis contemporánea, una vibra costeña y también esa identidad samaria que dialoga naturalmente con sus raíces orientales. Además, está construida en 6×8, un pulso que conecta tanto con la gaita venezolana como con la música llanera, y que, al mismo tiempo, conversa con los ritmos de la costa colombiana. El resultado es un punto de encuentro sonoro donde ambos territorios no se contradicen, sino que se entrelazan, reforzando esa sensación inicial de habitar dos mundos a la vez sin renunciar a ninguno.
Esa mezcla de raíces y paisajes no solo se escucha, sino que también se siente en los detalles que acompañan la música. En ‘Falta poquito’ aparece la voz de Valentina Quintero, reconocida comunicadora social y exploradora venezolana que durante años condujo el programa Bitácora, donde recorrió y narró los rincones más emblemáticos del país, incentivando el turismo y reforzando el sentido de pertenencia de sus habitantes.
Vesta cuenta que, cuando surgió la idea de quién podría completar la canción con un monólogo, todos coincidieron en que ella sería “esa voz”: familiar, apasionada por los viajes y profundamente ligada a la geografía y la cultura de Venezuela. En la narrativa de la canción, la inclusión de ese texto abierto buscaba ampliar el significado del tema más allá de una historia personal de espera —como la de una pareja o un viaje íntimo— hacia una dimensión de esperanza que también conecta con el imaginario de recorrer países y costas o esperar con ansias la llegada de un ser querido. Para Motherflowers, esa voz no solo enmarca el sonido, sino que lo enlaza con la memoria afectiva evocando todas las cosas que pueden suceder en un tiempo tan breve como tres días.
Otro detalle interesante del álbum es la influencia de Juan Luis Guerra, que se percibe con especial claridad en ‘Tamarindo’. “Este tema, y todo Motherflowers, tiene mucha influencia de Guerra en cuanto a gusto. Lo consumimos mucho y es casi involuntario robar cosas de los artistas —robar y no copiar—; son elementos que se te quedan en el ADN y terminan saliendo de manera natural”, explica Frank.
Irepelusa coincide y reconoce que la inspiración en este caso fue directa: “Siento que esa canción está súper inspirada en Juan Luis Guerra porque cuando entro con el verso ‘Tendría que estar más tranquila, pero se hacía larga la espera’, mi referencia fue él en ‘El Niágara en bicicleta’, especialmente cuando empieza a narrar todo lo que le pasa: la caída, la enfermera, cada detalle”. Más que una imitación, la influencia se traduce en esa manera de contar desde la cotidianidad, con ritmo caribeño y una narrativa casi cinematográfica que convierte una escena íntima en una historia que cualquiera puede imaginar.
Si hay una colaboración que llama la atención dentro del disco es la de L-Gante, el único artista que aparece dos veces en el tracklist. Lejos de responder a una estrategia, la dupla nació desde la afinidad. “Trabajar con él es genial, es una persona súper agradable”, cuenta Ire. Coincidieron en Colombia cuando el argentino estaba de paso, y gracias a que se cayeron bien desde el primer momento nació la posibilidad de colaborar en algunas canciones. Entraron al estudio antes de un show, grabaron un tema, él se fue a tocar, volvió después del concierto —al que incluso asistieron— y terminaron haciendo otra más. Veztalone detalla que la intención fue explorar ese cruce en una canción donde Motherflowers habitara el universo de L-Gante y otra donde fuera él quien entrara en el de la banda. El resultado fue tan orgánico que decidieron incluir ambas en el álbum.
“Nosotros nunca hacemos ninguna colaboración solo por estrategia”, añade Frank. De hecho, reconocen que no siempre es fácil invitar a alguien más ya que al ser tres compositores con múltiples recursos vocales, muchas veces sienten que las canciones ya están completas. Por eso, cuando colaboran, buscan contraste más que refuerzo, y con el cantante argentino encontraron esa diferencia necesaria.
“Nos parecía esa voz, esa identidad, el sur de Sudamérica chocando con el norte”, dice Vezta. El c
ruce no es sólo geográfico sino simbólico: la cumbia villera dialogando con el Caribe, el barrio bonaerense encontrándose con el oriente venezolano. Además, su historia personal también resonó con el grupo. “Ese logrador desde el barrio, desde no tener nada y hacerlo todo, nos representa”, afirma Veztalone. Más que sumar un nombre al listado, la colaboración funciona como otra manifestación del espíritu que tiene el álbum de unir territorios, acentos y experiencias distintas sin que una anule a la otra.
Como último capítulo de este viaje aparece ‘Mi casita’, una canción que funciona como conclusión natural del recorrido. Si el álbum avanza entre paradas, paisajes y encuentros, el cierre solo podía estar en el lugar de origen. “Siento que, si estamos hablando de que todo esto es un viaje en carretera, parándote en un kiosco y tomándote una foto en la playa, el final es regresar a casa. Conceptual y musicalmente, que esa canción esté de última tiene demasiado sentido para finalizar la aventura”, explica Frank Lucas.
La idea del hogar, sin embargo, no contradice el movimiento constante. “Hoy en día me considero ciudadana del mundo”, cuenta Irepelusa. Las giras, los shows y los países recorridos han ido dejando huellas en el sonido del grupo; el álbum recoge no sólo la experiencia de viajar por la costa y el caribe, sino también fragmentos de cada lugar que han habitado temporalmente gracias a la música. Aun así, hay una certeza que permanece: después de todo trayecto, el impulso es volver. “Sabemos muy bien que al final vamos a terminar en casa y vamos a querer regresar a casa”, afirma.
Veztalone añade que incluso la decisión de ubicarla al final fue intuitiva. “El tracklist se decidió hace muy poco, pero cuando lo vimos fue como ‘claro, va ahí’. Son esas cosas que no dudas. Después desarrollas el porqué, pero de primera entrada todo está bien”. Así, ‘Mi casita’ no solo cierra el disco, sino que lo aterriza. Después de cruzar costas, acentos y territorios, el viaje termina donde empezó.
Al final, Que vayan y lo cuenten no es solo un álbum sobre viajar, sino sobre entender y reencontrarse con la identidad. Motherflowers no intenta resolver la tensión entre pertenecer a un lugar u otro; la abraza. Entre tambores ancestrales, múltiples géneros que van desde la cumbia villera hasta el bolero, mandolinas orientales y sintetizadores, el disco demuestra que las raíces no se contradicen cuando se les permite dialogar.
Si al comienzo hablábamos de sentirse demasiado colombiano en Venezuela o demasiado venezolano en Colombia, el álbum responde con otra posibilidad: ser ambas cosas a la vez. Viajar, mezclarse, transformarse y, aun así, saber que siempre existe una casa a la que volver, aunque esa casa ya no sea un punto fijo en el mapa, sino un sonido compartido.
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