Julia Medina regresa después de un largo tiempo en silencio. Este no fue un retiro mediático o estratégico, más bien fue una pausa, algo “forzosa” atravesada por cambios internos y una transición industrial que, como ella misma dice, suele ser invisible. Dejar una discográfica y entrar a otra implicó tiempo, burocracia y espera. Pero también le regaló algo que no siempre abunda en la industria: espacio.
“Lo he aprovechado para componer mucho, para decidir por qué camino quiero ir”, cuenta. De ese proceso nace ‘Mi templo’, una canción que va más allá de su regreso, es una carta de amor propio. “Es una canción muy honesta, igual es el mensaje que hace falta hoy en día”.
El tema habla del cuerpo como refugio y como campo de batalla. De la dificultad de habitarse sin violencia en un mundo que confunde el autocuidado con la exigencia constante. Julia lo dice sin rodeos: “Hablar tanto de cuidarnos puede ser un arma de doble filo. Se puede confundir con el skincare perfecto, la cirugía estética o dietas imposibles. Hay gente que cree que eso es cuidarse”.
Para ella, reconocer cuándo ese discurso se vuelve agresión fue clave. “Cuando me veo pensando esas cosas, me doy cuenta de que eso no es cuidarme, al revés, es maltratarme. Si me quisiera tal y como soy, no tendría que pasar por todos esos procesos”.
En ‘Mi templo’ aparece una frase que condensa ese conflicto: “No soy la de mi cabeza”. Julia reconoce que esa distancia entre lo que pensaba de sí misma y lo que realmente era la ha acompañado desde niña, aunque durante años no supo ponerle nombre. “No sabía lo que era la autoestima ni que podía odiarme a mí misma”, recuerda. Hoy, con más herramientas y gracias a la terapia, identifica ese vacío con claridad. “Es algo que se puede trabajar y esta canción también ha sido terapia para mí”.
La idea de sanar atraviesa toda la canción, pero no desde un optimismo ingenuo. El verso “marchitarme y florecer” se repite como un mantra que asume el retroceso como parte del proceso. Julia lo explica con una experiencia que vivió recientemente cuando una tomatera que tiene en su casa de repente parecía muerta, marchita, y tras semanas de cuidado, volvió a florecer. “Hay veces que parece que estamos en nuestro peor momento, pero si seguimos regándonos y hablándonos bien, crece una flor que no sabes ni de dónde sale”.
La música, en este punto de su vida, funciona menos como espectáculo y más como conversación. ‘Mi templo’ nació así, sin presión. “No pensamos que estábamos haciendo una canción (su productor y ella). Estuvimos horas hablando y dijimos: ‘Esto se tiene que convertir en una canción’”. La naturalidad del proceso se nota en la interpretación: contenida, frágil, pero firme.
La primera persona en escucharla fue su madre, una figura importante no solo en su vida, sino también en su proceso creativo. “Siempre me dice la verdad”, dice entre risas. “Cada vez le gustan más mis canciones y yo le digo: ‘Mami, estás perdiendo el criterio’”.
En paralelo a este regreso, Julia vive otro momento importante: su participación en el Benidorm Fest junto a María León. La colaboración surgió de manera fortuita, casi accidental, pero terminó convirtiéndose en algo mucho más profundo. “Me quedé embobada escuchándola hablar”, recuerda sobre su primer encuentro. “Para mí es como un máster. Aprendo muchísimo de ella”.
La canción que presentan parte de un desengaño amoroso, pero se transforma cuando es cantada a dos voces. “Cuando me junto con mis amigas me siento imparable”, dice Julia. Esa energía se percibe más allá de la letra, al escuchar la canción, ‘Las damas y el vagabundo’, la complicidad que hay entre ambas artistas es evidente. En una industria que históricamente ha enfrentado a las mujeres, este tipo de colaboraciones se convierten en mensajes de sororidad . “Nos unimos para empoderarnos y que la gente vea a dos mujeres defendiendo su canción”.
Este nuevo capítulo —‘Mi templo’, el álbum que viene, la colaboración— también ha cambiado su manera de estar en la música. Julia mira atrás y se reconoce más pequeña, insegura, dejando que otros decidieran por ella. Hoy la imagen es otra. “Tengo las ideas claras. Estoy cansada de que me digan qué hacer. Soy más honesta y más explícita escribiendo”.
Cuando la voz crítica vuelve, porque a veces llega a ser muy persistente, Julia se repite las palabras que escribió casi como un hechizo: “Este cuerpo es mi templo”. Lo dice como recordatorio y como refugio. “Es mi vehículo para vivir”.
Si ‘Mi templo’ pudiera quedarse con alguien que esté atravesando una batalla silenciosa, Julia lo tiene claro: “Me gustaría que lo sintiera como un abrazo. Que se sintiera entendido y que supiera que no está solo”.
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