El nombre de estas tierras nació de una herida roja. Antes de ser nación, el término “brasil” aludía a una tintura extraída de la madera, una resina color brasa que los europeos explotaban para teñir las túnicas de sus monarcas. La herida también fue humana: brazos indígenas y espaldas esclavizadas que alimentaron el lujo de ultramar. Cinco siglos después, en la Plaza São Lucas, de Río de Janeiro, la historia parece cerrarse como un círculo vicioso de pigmentos y fluidos. En la frontera invisible, donde el asfalto del barrio de Penha se desmorona para dar paso a las venas abiertas del complejo, el aire se mezcla con el olor de la carne que dejó de pertenecer al mundo de los vivos.
A finales de octubre pasado, el Hell de Janeiro reclamó su cuota. Era la noche del martes 28 y el silencio no existía. El frente del supermercado Inter se había transformado en un anfiteatro de la tragedia. Unas 200 personas formaban un anillo humano. Obreros, estudiantes, jubilados miraban de costado el mismo horror: 25 cuerpos alineados en el suelo transformaban la plaza en una morgue a cielo abierto. Bajo sus pies, la sangre derramada sobre lonas. Un fluido que se mezclaba con la basura del único local abierto en medio de la carnicería.
Otra vez los fusiles. Los de la policía y los grupos criminales, en un fuego cruzado que siempre tiene los mismos muertos. El eterno retorno. Dicen que la historia de Brasil no se escribe con tinta, sino con la constancia de una mancha roja que gotea desde los tiempos de la colonia.
La matanza de octubre en las barriadas de Penha y Alemão no fue un error de cálculo, sino un nuevo capítulo en la pedagogía de exterminio de un Estado que abandona y de un crimen que gobierna. Orden y progreso: el silencio de los cementerios y el avance de las balas. El verdeamarelo, una vez más, manchado.

El Metro avanza rumbo a la Zona Norte, donde la cidade maravilhosa se termina de golpe y empieza el territorio del estigma. Llegar al Complexo do Alemão exige paciencia. Primero el subte y después el colectivo de cinco reales que se anima por donde los Uber prefieren pegar la vuelta. En el camino, el vagón sale a la superficie y pasa pegadito al Maracaná en un domingo superclásico de Flamengo-Fluminense. Bajo un cielo plomizo, el coloso de cemento late.
Los días previos llovió a mares, una chuva veraniega que parecía querer lavar las manchas de sangre de octubre. “Chuva de agua y chuva de balas”, se disculpaba Miguel por WhatsApp al suspender los encuentros para esta nota debido al aguacero y a los operativos policiales. Pero en el séptimo día, el cielo dio una tregua gris. No hay sol de souvenir carioca, sino una falsa calma custodiada por los retenes de la Policía Militar. Ametralladoras en mano, los hombres de negro vigilan el ingreso al barrio.
En el Mirante, uno de los puntos más altos del complejo, me espera Miguel Rocha: DJ Swag. Miguel tiene 25 años y lleva el mapa del Alemão tatuado en su biografía. Su familia llegó en los 70, durante la migración que construyó este “quilombo” moderno. “La favela siempre fue un territorio autónomo del Estado, tanto económica como culturalmente. Creció y se desarrolló de forma independiente”, dice el pibe de trenzas delgadas. Agrega que su herencia también es rítmica: su mamá bailaba hip-hop en los 90 y sus tíos respiraban el New Jack Swing, semillas del funk carioca del nuevo milenio. De pibe, cruzaba el bailongo funk de la mano de su abuelo para ir a la iglesia, una procesión donde los cuerpos tirando passinho y los himnos de los creyentes comulgaban bajo el mismo techo.
Swag no solo heredó el ritmo, sino también la persecución. Recuerda a sus maestros encarcelados por tocar el “funk prohibido”, la etiqueta que la policía usaba para criminalizar la expresión de los negros. “Los policías cerraban las fiestas, robaban los equipos. Decían que estábamos tocando el proibidão, pero el proibidão no era más que nuestra expresión natural”, cuenta. Con el tiempo, la criminalización lo empujó a profesionalizarse. En 2020, mientras el presidente Jair Bolsonaro hablaba de una “gripezinha” y el país sumaba fosas comunes, Miguel se unió al productor Alan Sá para fusionar funk con drum and bass, house y UK garage. Metió varios hits, se curtió como productor y hace algunas semanas volvió de una gira por Europa. Un salto sin escalas desde el Mirante hasta los clubes del Viejo Mundo. Tiene un solo objetivo: poner al Alemão en el mapa global.
En la favela, cuenta Swag –ataviado con la remera de la selección pentacampeona–, el miedo tiene un solo código de vestimenta: el uniforme de la Policía Militar. El año pasado, mientras intentaba grabar un videoclip, fue encañonado por cuatro fusiles: “En días de operativo, si me cruzo con un policía, me pueden registrar o asesinar. Para ellos somos todos criminales”. Miguel escribió una canción para los pibes del barrio que entraron a la “mala vida”. No los juzga: “Nosotros los vemos como héroes. Así como en la Zona Sur el playboyzinho ve al policía como un héroe que combate el crimen, aunque ande asesinando negros y pibes del barrio, nosotros los vemos a ellos defendiendo el territorio de los abusos”. Después nombra a Eros: un pibe al que la policía mató a sangre fría solo por correr durante una razia. En el Alemão, el instinto de fuga se paga con la vida.

“Operação Contenção”. Así bautizó la matanza de octubre el gobernador Cláudio Castro, heredero del bolsonarismo en Río. La ofensiva de 2.500 uniformados con vehículos blindados y helicópteros artillados dejó el mayor número de bajas en la historia de los operativos cariocas. Castro eligió con precisión quirúrgica el momento para abrir la jaula de sus mastines: aprovechó un viaje al extranjero del presidente Luiz Inácio Lula da Silva para instalar una narrativa de “mano dura” contra el Comando Vermelho. Las cifras no mienten: cuando hay más muertos que heridos, la orden no es detener, es ejecutar. La operación dejó 121 fallecidos, denuncias de torturas y fusilamientos extrajudiciales.
Para entender la magnitud de la tragedia, hay que comprender primero el tamaño del territorio donde se gatilló. Según los guarismos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), la densidad poblacional en Alemão y Penha desafía cualquier planificación urbana: solo el Alemão, con sus 54.202 habitantes distribuidos en 13 favelas, supera en población al 90% de los municipios de Brasil. Son el subsuelo de la patria: el 63% de los vecinos sobrevive con menos de un salario mínimo. Ese ahogo es el que garantiza el desprecio desde el otro lado de la ciudad partida. Mientras los cuerpos se apilaban en la Zona Norte, el gobernador Castro era aplaudido de pie por la élite en Barra da Tijuca, celebrando una política de seguridad que solo multiplicó la demanda de velas en los cementerios.
Esta pedagogía del exterminio cuenta con el blindaje de la impunidad: apenas el 3,6% de las muertes cometidas por policías en Río entre 2011 y 2023 resultó en una denuncia. La justicia carioca funciona como un escribano que certifica la masacre.

“Cariocas vivem verão do sufoco”, titula el matutino O Globo. Y el sufoco se siente en cada paso de la escalada al barrio de Santa Teresa. Olvidate del bondinho amarillo o de un taxi con aire acondicionado: subir el morro a pie es lo más parecido a caminar sobre el sol. En una cumbre de este laberinto empedrado, tras la fachada de la Academia Brasileira de Literatura de Cordel (tradicional formato de ediciones y lecturas ultraeconómicas y populares), el tiempo se detiene en seco. Decenas de folletos penden de hilos de barbante, sujetos por broches de madera como ropa recién lavada puesta a secar.
Marlos de Herval me recibe con el uniforme de combate local: una musculosa del Vasco da Gama. Marlos no custodia libros; protege una genealogía de resistencia que su padre fundó con más de 300 folletos.
En la Academia se entiende una verdad que los políticos y policías ocultan tras cada masacre: la única victoria real sobre la muerte es quién cuenta la historia. “Hay una historia oficial y después está la nuestra”, dispara Marlos con una sonrisa filosa. Dice el escritor que en los libros escolares, al bandolero Lampião, el Robin Hood del sertão (una amplia región del nordeste brasileño) le cortaron la cabeza en 1938 para que terminara pudriéndose en un frasco de formol; un fetiche estatal para celebrar el triunfo sobre los cangaceiros. Pero en los versos que se balancean modestamente impresos en este rincón de Santa Teresa, la versión es distinta: dice que Lampião burló a los fusiles y terminó sus días como un viejo sabio.
Marlos me alcanza un librito que quema: Monólogo de la cocaína. Es un grito escrito tras la muerte de un amigo. Un aviso desde el morro para que la tragedia no siga devorando a los pibes de las favelas. Literatura de supervivencia.
Al bajar de Santa Teresa, el infierno carioca vuelve a golpear. Allá abajo está el Real Gabinete Portugués de Lectura, ese mausoleo neomanuelino de libros de cuero que nadie se anima a tocar. Pero acá arriba, el cordel sigue vivo porque se moja con el sudor de la calle y porque es capaz de reescribir la historia. Me llevo un librito en el bolsillo como quien guarda un amuleto contra el plomo estatal.
La gramática de la violencia en Río de Janeiro tiene otros autores. El Comando Vermelho (CV) ya no es la hermandad que nació en las celdas de la dictadura en los años setenta. En la prisión de Ilha Grande, los presos comunes aprendieron la disciplina de los militantes de izquierda y parieron un lema que hoy suena a reliquia: “Paz, justicia y libertad”. Lo que nació como un frente de resistencia contra los abusos penitenciarios se fue astillando hasta mutar en una corporación paraestatal. El CV se territorializó copiando a sus enemigos, las milicias: además de vender drogas, cobra el gas, la luz y la internet en el morro. La simbiosis entre el crimen y la gestión del territorio opera bajo una lógica empresarial. Una maquinaria que resuelve los negocios a balazos.
A mediados de enero, los portales anticipan que la seguridad será el eje de la próxima campaña presidencial. Pero la masacre de octubre desborda las fronteras cariocas: responde a un alineamiento directo con la doctrina de Washington. Cuando Victor dos Santos, secretario de Seguridad de Río, llamó “narcoterroristas” a los traficantes y “narcoactivistas” a los organismos de derechos humanos, no usaba adjetivos: estaba instalando jurisprudencia. El “enemigo interno” en el mapa del nuevo orden mundial.
El exterminio en Brasil tiene raíces longevas. El ejército republicano aniquiló a 25 mil personas en Canudos en 1897; la saña se repitió en la cárcel de Carandirú (1992) y en las escalinatas de la iglesia de la Candelária (1993), donde una patrulla fusiló a ocho chicos de la calle. En el presente, la policía de Bahía –bajo gestión del PT– es la que más mata: el color ideológico no siempre cambia el color del gatillo. El Estado mata, sobre todo, a jóvenes pobres. Lo advertían Caetano Veloso y Gilberto Gil: “Negros, de tan pobres. Haití está aquí”.

Por razones de seguridad, la llamaremos E. Por teléfono pidió omitir su nombre; en la favela, el testimonio es un riesgo de vida. E tiene 46 años y pone el cuerpo en el Instituto Papo Reto –“hablar claro”–, una red nacida en 2014 para disputar la narrativa oficial desde la comunicación de base.
Desde el Alemão, el instituto opera como defensa civil y política frente a la seguridad militarizada y la desigualdad climática. No solo denuncian ejecuciones; también gestionan crisis ante catástrofes ambientales en un territorio donde el Estado sólo propone un presente de balas y un futuro de prontuarios.
Para E, la violencia no es una fría estadística, es una herencia familiar. En 1994, en la Baixada Fluminense, su hermano fue asesinado por grupos criminales. Nunca hubo justicia. E es perseguida por su laburo como defensora de derechos humanos. Define la política en Río como un escenario de guerra y recuerda la ejecución de la activista y concejala Marielle Franco en 2018 como el espejo donde todos se miran: “La muerte de Marielle ya nos dice mucho. La política partidaria hoy es todo violencia”, sentencia. En el Alemão, el Papo Reto es la otra cara del silencio. Un intento de transformar el luto en resistencia.
En la Penha, el amanecer del octubre negro no trajo luz sino estruendo. “En vez del canto del gallo, escuché a los helicópteros y los disparos”, cuenta Isaac mientras mira el horizonte del Mirante. A su lado, Swag asiente. Todos lo conocen como DJ Zac, nacido y criado en los pasadizos de este morro pegado al Alemão. “Es un miedo ciego –dice Zac–, no sabés de dónde viene el tiro y cualquier ráfaga puede perforar tu casa. Ese día no salí; mi casa era una celda. Un amigo músico, que sólo quería ir al baño en la madrugada, terminó con un balazo en el brazo”.
Su historia es una herencia de manos callosas. Su papá, pastor y albañil, lo curtió cargando baldes por 50 reales la diaria. “Ayudante de pedrero”, aclara Zac. Sus dedos conservan el rastro del cemento. Su formación fue litúrgica: aprendió a producir beats entre himnos de iglesia, hasta que el funk lo sacó del hormigón. Para él, no es un ritmo: es una religión nacional. El DJ es una referencia del under en la Penha, pero el éxito no factura en dólares. Sobrevive con 2.000 reales al mes, que se evaporan entre el alquiler y la comida. Mientras tanto, la Penha entra en el circuito de los favela tours. No al nivel de la Rocinha y sus reels de pornomiseria, pero lo suficiente para encarecer la vida de los mismos que levantaron el morro piedra sobre piedra.
Zac vuelve a la masacre. “Perdí amigos cercanos”. Mientras los primeros datos oficiales hablaban de 80 o 90 muertos, el barrio sabía que esa cuenta estaba incompleta. “En las noticias decían un número, pero en los matorrales todavía había más de 100”, asegura, señalando hacia la espesura de la Sierra de la Misericordia, donde la policía torturó y mató sin piedad.
El DJ explica que la música es la única forma de no terminar como un número más en el matorral. Zac apuesta a pleno al laburo espalda con espalda con Swag, para que sus canciones crucen la frontera del morro. Es una lucha desigual: “Si vivís en la Zona Norte, si vivís en la favela, estás maldito de entrada”.

Bernardo Oliveira es una de las mentes más inquietas de la cultura carioca. Profesor universitario, investigador y crítico, es también uno de los motores detrás del sello QTV, una plataforma clave para la música experimental y el funk de vanguardia en Brasil. Disecciona en su búnker en Botafogo esa “aristocracia abandonada” que es Río.
Me contaste que Río se construyó sobre la base de demoler lo popular. ¿Cómo nació esa división?
A finales del siglo XIX sufrimos el Bota Abaixo, la gran demolición. Hubo una angustia de la élite por cambiar la ciudad rápido: se construían cosas maravillosas y se destruía todo lo demás. En 1910 dinamitaron el Morro do Castelo, un cerro entero, que desapareció. Hay dos modelos: el rural y el del centro. Cuando necesitaron “modernizar” el centro, agarraron a la población negra y la tiraron a la periferia, a la Baixada. Los tiraron lejos del radio de influencia del poder público. Hoy, en esas zonas el índice de desarrollo humano (IDH) es el más bajo de Río; ahí es donde las milicias mandan.
¿Cómo se entiende la seguridad en un territorio tan fragmentado?
Como dice Nem da Rocinha (NdR: narcotraficante y capo de la favela): “En Río ni siquiera se lo puede llamar crimen organizado, porque es un desorden”. Es una inestabilidad constante. La milicia es la apropiación que sectores de la policía hacen del aparato público para transformarlo en privado. En las favelas conviven organizaciones que tienen una conexión profunda con los presos políticos de la dictadura del 64. “El Profesor”, que organizó el Comando Vermelho, era un tipo de la izquierda que conocía las tácticas de guerrilla. El origen es político y de clase.
¿Por qué decís que el funk funciona como un “prejuicio auditivo” que desnuda el racismo?
El racismo se descompone en el color de piel, en el miedo y en el sonido. El sonido de la favela es alto; el grave habla fuerte e incomoda. Son indicios de “negritud” a los que la sociedad responde con violencia. Pero hay una contradicción: es sonido de negro, pero cuando suena, nadie se queda quieto. He visto bolsonaristas racistas levantarse a mover el cuerpo si suena funk. Yo era DJ en los 90 y me hacían firmar contratos que prohibían el género, y después esos mismos clientes me rogaban que lo tocara.
¿Qué lugar ocupan figuras como el trapero Oruam en este pacto racial que definís como “suspendido”?
Oruam y Poze do Rodo tienen una conciencia política nueva y un poder de provocación inédito. Conocen la situación de la favela y cómo contrasta con los proyectos de poder. Son muy ricos y poderosos, y eso el sistema no lo perdona. Son tipos que aceleraron el ritmo de la ciudad: pasaron de 120 a 150 bpm. Esa aceleración es la que el asfalto no puede domesticar. Como dice Renan Valle, un DJ de la Maré: “Lo que ustedes consideran ruido, en la favela es un indicio de paz”. Si la música está alta, la favela está en paz. Cuando hay silencio, significa que algo malo está pasando. Se invierte la lógica. En Río, el silencio siempre precede a la masacre.

“¡Ay de ti, Copacabana! Los gentíos de tus cerros descenderán aullando sobre ti”. Leo a Rubem Braga antes de que salga el sol. Su texto es un aguafuerte sobre el destino de las playas más famosas del mundo. Ni el Cristo Redentor salva a Río de la furia de los que bajan del morro exigiendo su parte del paraíso.
Ignorando la profecía, Luis arranca su jornada. Tiene 20 años y camina la orilla de Ipanema con un bidón de aluminio al hombro. Vende Matte Leão, una infusión milagrosa. Viene de Rocha Miranda, en el postergado Norte. “Siento que acá somos intrusos”, dice. Señala los morros: “La favela de los pobres allá arriba y la playa de los ricos acá abajo”. Luis es uno de los miles de trabajadores informales que inundan la orilla: los “Crucificados pelo sistema” que denunciaban los punks paulistas de Ratos de Porão en los 80. Esa condena de nacer a la intemperie de la libertad y crecer con la muerte pisándote los talones.
Llegar a las playas donde laburan es una odisea en subte o en colectivo. Muchos desembarcan en la línea 474, el ómnibus que el arquitecto Gabriel Weber analiza en su libro Jacaré/Copacabana. De lunes a viernes, el colectivo trae la mano de obra barata; pero los fines de semana, el ómnibus es un “caballo de Troya” o la “línea del infierno” que vomita sospechosos sobre el pulcro mosaico portugués de las veredas.
El viaje desde el norte desemboca en un control migratorio interno: los retenes de la Operação Verão, un muro policial que revisa documentos y el color de la piel. Si sos negro o vas sin remera, el Estado te frena. Como dijo Marcelo Yuka, el alma de O Rappa: “Todo camión celular tiene un poco de navío negrero”.
Luis se toma un descanso y pone música. Suena Oruam, el antihéroe del verano. Oruam es el anagrama de Mauro, el trapero de 24 años que saltó de la Cidade de Deus al Lollapalooza y el Rock in Rio. Pero su fama tiene peso político: es hijo de Marcinho VP, líder del Comando Vermelho preso desde 1996. Con el pelo teñido de rojo fuego, Oruam transformó el estigma en marca de lujo. Sus letras y posteos en las redes denuncian la masacre de octubre: “La favela tiene familias, no es un parque de atracciones para la burguesía; la favela es un campo de concentración”.
En 2024, sectores políticos impulsaron la “Lei Anti-Oruam” por apología del crimen. Fue detenido en julio pasado, acusado de impedir que la policía ejecutara una orden de allanamiento contra un adolescente vinculado a un crimen. Salió de prisión el 29 de septiembre, pero en las últimas semanas hay rumores en la prensa de que la justicia quiere encerrarlo otra vez.
“Él vivió, él sabe. Canta lo que nosotros vivimos”, dice Luis antes de volver al trabajo. Suena “Manifiesto”: “Un menor con un fusil es una crítica social / ¿Por qué en vez de matar no nos dan educación?”.
En la previa del carnaval, el calor no cede ni cuando el sol cae sobre la bahía de Guanabara. Pedra do Sal transpira su historia. Es la “Pequeña África”, el puerto donde los barcos negreros descargaban su cargamento humano. Tras la abolición, los sobrevivientes tallaron con sus manos los escalones de piedra que hoy sirven de tribuna al frenesí. Un anfiteatro para los que no tienen asiento en la historia oficial.
Al caer la noche, los músicos sueltan amarras. Guitarras, cavaquinhos y surdos navegan entre el humo de maconha y la cerveza helada. Acá cerca, en la casa de Tia Ciata, nació el primer samba registrado: “Pelo Telefone”. En 1917, su letra ya denunciaba la persecución policial contra negros y bohemios. Un siglo después, la vigencia es absoluta.
La gira termina en Lapa y sus arcos. En el Bar do Augusto, la rueda de samba se celebra bajo una estética punk. No suena la paz de la bossa nova. Suena un ritmo que es, en el fondo, una oración de guerra. La música es la última trinchera. La ciudad te invita a bailar, pero te prefiere muerto. En el Hell de Janeiro, la felicidad no es una postal; es un acto de resistencia desesperada.
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