Frederick Wiseman (1930-2026): El cineasta que filmó a las instituciones como si fueran novelas

Frederick Wiseman se fue como vivió en su cine. Sin alarde, sin explicaciones en voz alta y con una claridad diáfana. Su muerte fue anunciada por Zipporah Films, la compañía que fundó para producir y distribuir su obra, y que terminó siendo también su sello ético de independencia, paciencia y control total del montaje.

Antes de ser cineasta, Wiseman fue abogado y profesor de derecho. Esa formación nunca se le notó como “tema”, pero sí como método de mirar sistemas, jerarquías y procedimientos; y entender que la vida pública no ocurre en grandes discursos, sino en reuniones, formularios, pasillos, turnos y pequeñas negociaciones. Con el tiempo, se convirtió en el gran cronista de la vida institucional y el documentalista que más profundamente registró cómo funcionan (y cómo fallan) los lugares que organizan una sociedad.

Su nombre quedó ligado para siempre a Titicut Follies (1967), el documental que filmó dentro del hospital-prisión para enfermos mentales criminales en Bridgewater, Massachusetts. La película expuso abusos y degradación, y el Estado la llevó a tribunales. Durante años su exhibición pública fue restringida, volviéndose un caso emblemático sobre poder, privacidad y censura.

Esa controversia lo marcó con la etiqueta de muckraker (denunciante), una etiqueta que a Wiseman nunca le terminó de encajar, ya que su obra no buscaba sermonear, sino observar hasta que el espectador entendiera por sí mismo.

A partir de ahí, filmó como quien construye un mapa gigante de su tiempo: High School, Law and Order, Hospital, Juvenile Court, Welfare, entre muchas otras. En cada una, su cámara se instala lo suficiente como para que la gente se olvide de ella. No pide testimonios a cámara; no subraya “el punto”; no remata con moraleja. En su lugar, organiza la realidad con una estructura de ideas, escenas que se contestan entre sí por contraste, repetición, ironía o eco. Eso, más que cualquier truco técnico, fue su firma.

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Wiseman llamó a su estilo reality fiction, una forma de admitir algo obvio y, a la vez, desencajado para el documental tradicional: la idea de que el montaje piensa, elige y escribe. Él filmaba semanas y editaba meses. La película final no era “lo que pasó”, sino una forma de narrar lo que pasa cuando una institución respira: quién manda, quién espera, quién se quiebra, quién se adapta y quién queda fuera.

Con los años, su obra amplió el foco. Ya no se trataba solo de exponer fallas, sino de mostrar complejidades. La dignidad dentro del caos, los gestos de cuidado, la belleza de ciertos oficios. Por eso sus películas pueden ser duras sin ser panfletarias, y también pueden ser luminosas. La Danse (sobre el Ballet de la Ópera de París), National Gallery, In Jackson Heights. Aun cuando filmaba arte, la pregunta era la misma: ¿qué sostiene a una comunidad? ¿qué reglas la ordenan? ¿quién paga el costo?

En 2016 recibió un Óscar honorario, un reconocimiento tardío pero preciso. La Academia premiaba no una película, sino una forma entera de mirar. Wiseman siguió trabajando hasta muy tarde. Su documental número 50, Menus Plaisirs – Les Troisgros, se estrenó en 2023.

Su legado no se mide por frases célebres, porque casi no las dejó en pantalla. Se mide por algo más difícil. Wiseman enseñó a generaciones de espectadores a ver el poder en lo cotidiano. A entender que una institución no es un edificio, sino una coreografía de personas tratando (a veces con bondad, a veces con crueldad y casi siempre con prisa), de sostener una máquina más grande que ellas.

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