Buenos Aires Trap, el festival masivo de dos días que tuvo lugar este último fin de semana, fue otro hito consagratorio para la “escena urbana” argentina. Habituada a superar récords y pegar asombrosos saltos cuantitativos, la movida (heterogénea, inorgánica, no lineal, como cualquier filo-sub-cultura; pero movida al fin) jugó por 48 horas el juego de los grandes festivales de pop y rock, internacionales o nacionales. Y no le costó estar a la altura de las circunstancias, tanto por convocatoria (más de 100.000, en números oficiales) como por producción, en todas sus facetas.
No fue magia ni sorpresa. Hace ya varias temporadas que artistas como Bizarrap, Duki o Nicki Nicole pisan fuerte los principales escenarios de la música en vivo, acá y afuera, encabezando carteles eclécticos o llenando estadios en solitario. Ellos, como músicos, y sus equipos, como profesionales de la industria, ganaron experiencia casi al mismo alocado ritmo con el que se multiplicaban por millones sus escuchas en las plataformas digitales.
Y eso quedó en evidencia en el despliegue de recursos técnicos y humanos (3.000 personas, coordinadas por la productora Dale Play) para que el Buenos Aires Trap copara las curiosas instalaciones del antiguo parque de diversiones Interama, en Villa Soldati, a la sombra de su torre de 200 metros, la montaña rusa y el escorpión mecánico; vestigios de entretenimiento ochentoso para alojar al público presumiblemente de promedio de edad más bajo en comparación con otros festivales de música. (Hay que mencionar en este punto la voluntad del Gobierno de la Ciudad de trasladar espectáculos de tal escala a esta parte de la ciudad. El operativo de control de tránsito oficial, particularmente al final de las jornadas, fue llamativo.)
Cuatro escenarios, decenas de intérpretes, en general solo armados de micrófonos vocales. Distintos estilos, empezando obviamente por el trap más “ortodoxo”, si tal cosa existiera, pasando por el rap, las batallas de freestyle y la electrónica pura y (muy) dura del impresionante cierre con Bizarrap, el domingo. Algunos números internacionales (Eladio Carrion, Lia Kali, Zeballos), pero con absoluta preminencia de locales, que no precisan recurrir a más que sus nombres para cortar tickets ni para atraer sponsors pesados, ya mucho más allá del rubro alimentos & bebidas (seguros, tecnología, indumentaria): los mencionados Duki, Biza, Nicki, más Cazzu, Milo J, Bhavi, Lit Killah, Neo Pistea, Khea, entre otros.

Si hacía falta, también hubo un sonoro guiño para redondear esta narrativa consagratoria: fue la actuación sorpresa de Airbag, único referente rocker invitado entre MCs, productores y beatmakers. Así como los festivales de linaje rockero fueron incorporando (por necesidad imperiosa) a artistas urbanos en sus grillas, el B.A. Trap le “cedió” unos instantes al rock (de onda). El público recibió al trío con la cortesía con que Wos puede ser bienvenido en el Cosquín Rock.
Después de un año sin shows en Argentina, el cierre de Bizarrap era particularmente esperado. Como para que no quedaran dudas de su protagonismo, el productor ocupó el centro de los dos grandes escenarios centrales, que hasta entonces los artistas se venían alternando, completando un marco espectacular y con un sistema de sonido del que, habría que conocer las especificaciones técnicas, pero podría decirse que no es habitual escuchar, si es que alguna vez se escuchó.

Con esas armas y por momentos trepado a su propia mesa de trabajo, Bizarrap ofreció un set de una hora, remixando, cortando y pegando, rompiendo y reinventando sus propios hits con las voces grabadas de Duki, Milo J, Nathy Peluso, Villano Antillano, Snow Tha Product, Quevedo y, claro, Shakira. Pero para el verdadero broche se reservó un feat en carne y hueso y tinta: fue entonces que Dillom irrumpió en escena para recrear su session n°9, una especie de oldie de… 2019 (¡cinco años!), y repetir ad infinitum un “¡Esto es trash, lo tuyo es basura!”, que, en la noche del domingo, bajo la Torre Espacial, sonó bastante parecido a “esto es trap”.
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