Béla Tarr (1955-2026): El director que filmó el derrumbe del mundo en tiempo real

La obra de Béla Tarr ocupa un lugar singular en el cine contemporáneo porque se construyó a partir de una decisión constante: no organizar la experiencia cinematográfica en función del avance dramático. Sus películas prescinden del giro, el clímax y la resolución como ejes centrales, y se concentran en mostrar cómo funcionan ciertas situaciones cuando se prolongan en el tiempo como la precariedad material, la espera, el desgaste físico y la pérdida de cohesión colectiva.

Sátántangó
Cortesía de MUBI

Sus primeros largometrajes, realizados a finales de los setenta y comienzos de los ochenta en Hungría, parten de un realismo social directo. Películas como Family Nest retratan conflictos domésticos, problemas habitacionales y tensiones familiares sin estilización evidente. Incluso en esta etapa inicial, Tarr se distancia del cine social más convencional. Las escenas se extienden más de lo habitual, los enfrentamientos no se ordenan para producir catarsis y los personajes no funcionan como modelos morales. El interés está puesto en la persistencia del conflicto, no en su cierre.

A partir de finales de los años ochenta, su cine atraviesa una transformación formal profunda. Tarr reduce el diálogo, elimina explicaciones psicológicas y reorganiza la puesta en escena en torno a planos largos y movimientos de cámara continuos. El montaje deja de estructurar el relato y pasa a cumplir una función estrictamente funcional. El blanco y negro se establece como una elección constante, utilizada para controlar la información visual y concentrar la atención en el espacio, el movimiento y la duración de las acciones.

Family Nest
Cortesía MUBI

En esta etapa, el tiempo deja de ser un elemento neutro. Como en el cine de Chantal Ackerman, las acciones se muestran completas, incluso cuando carecen de interés narrativo inmediato. Caminar, esperar, comer o repetir una tarea cotidiana adquieren el mismo peso que los momentos de conflicto explícito. Esta elección no busca provocar ni desafiar al espectador, sino sostener un método coherente. Mostrar las condiciones de vida sin síntesis ni aceleración.

Ese método alcanza su desarrollo más amplio en Sátántangó, adaptación de la novela homónima de László Krasznahorkai, el más reciente Premio Nobel de Literatura. Con una duración superior a las siete horas, la película describe el funcionamiento interno de una comunidad rural en descomposición. No hay un protagonista central ni una línea narrativa dominante. Los hechos se repiten, se contradicen y se reorganizan según distintos puntos de vista. El foco no está en anticipar lo que va a ocurrir, sino en observar cómo se sostienen las relaciones de poder, la manipulación y la expectativa dentro de un grupo sin horizonte claro.

La colaboración entre Tarr y Krasznahorkai fue decisiva porque ambos compartían una visión similar sobre la estructura social y política de Europa del Este tras el colapso del socialismo. En sus películas conjuntas, el poder no aparece como una fuerza abstracta ni como una figura excepcional, sino como una suma de gestos menores, discursos vacíos y mecanismos de control elementales. Tarr registra esos mecanismos sin comentario externo ni refuerzos formales, permitiendo que su funcionamiento se vuelva evidente con el paso del tiempo.

El trabajo colectivo fue central en su cine. La participación de Ágnes Hranitzky como montajista y codirectora en varias de sus películas permitió mantener un equilibrio preciso entre duración y continuidad. Los planos no se extienden por efecto ni por desafío, sino porque cumplen una función estructural clara dentro del sistema de cada filme.

Turin Horse
Cortesía de MUBI

The Turin Horse, su último largometraje, lleva ese sistema a su forma más reducida. La película se limita a un espacio, dos personajes y una rutina diaria que se repite con variaciones mínimas. No hay desarrollo psicológico ni progresión narrativa. Cada jornada reproduce la anterior con ligeras modificaciones que no conducen a una salida. Tras este filme, Tarr anunció que no volvería a dirigir largometrajes, al considerar que el camino que había recorrido estaba completo.

El legado de Béla Tarr no reside en un estilo fácil de imitar, sino en la consistencia de su método. Su cine mostró que es posible trabajar fuera de las convenciones narrativas dominantes sin recurrir a la abstracción ni a la alegoría. Sus películas exigen tiempo y atención, y a cambio ofrecen una observación precisa de cómo operan ciertos contextos cuando se los muestra sin compresión ni atajos.

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