Hay un revuelo en el sector izquierdo que mira hacia el escenario del Movistar Arena. Charly García es conducido en silla de ruedas hacia el otro lado del vallado; todos los que están cerca quieren una foto. Desde los parlantes, suena Music for 18 Musicians, del compositor pionero del minimalismo Steve Reich; parece un guiño del guitarrista Adrian Belew: en 1978, como flamante guitarrista de la banda de David Bowie, Belew conoció a Robert Fripp en el club Bottom Line de Nueva York durante el estreno en vivo precisamente de esa obra de Reich. Tres años después se convertiría en el cantante y guitarrista de la resurrección de King Crimson.
Con una trilogía de discos brillantes, la nave madre del rock progresivo cerró entonces otro ciclo para el asombro. A la formación esencial, además de Fripp y Belew como inventores de nuevos lenguajes para guitarras eléctricas, el histórico baterista de Crimson, Bill Bruford, aportó su toque único y Tony Levin sumó un enorme caudal de ideas y técnicas como bajista de otra galaxia.
Ahora, a 40 años del fin de aquella etapa ochentosa de King Crimson, Adrian Belew trajo a Buenos Aires, como líder del supergrupo Beat, un repaso de aquel repertorio y brindó uno de los mejores shows de rock -en sus fases de experimentación y contundencia- de los que se tenga memoria.
Todo comenzó con una ovación. La noche del viernes 2, Belew y Levin se pararon ante un estadio a pleno e invitaron a los nuevos intérpretes del repertorio crimsoniano. La sola presencia de la figura legendaria de Steve Vai explica la idea de supergrupo. Pero es la estampa imponente -casi dos metros de altura- de Danny Carey, baterista de Tool, y su notable exploración por los territorios de la polirritmia, la que elevó esa categoría a otra dimensión.

La lista de temas comenzó con “Neurotica” (de Beat, álbum de Crimson de 1982): “el hedor y el ruido”, dice la letra en tanto se escuchan sirenas y caos urbano; la canción cambia de tonalidades mientras los dedos de Levin ascienden rápido por el stick como si fueran las patas de una araña. La alienación del hombre moderno es un leit motiv recurrente en las preocupaciones de King Crimson, sello de identidad que inauguró “21st Century Schizoid Man”, en 1969, y que no ha perdido vigencia como quedó demostrado en un arranque apabullante con dos guitarras dialogando en varios idiomas. Atrás, Danny sostiene el edificio como un émulo de Stewart Copeland versión heavy metal.
Beat es un engranaje de precisión que evita el exceso de virtuosismo a puro intercambio de roles y exacto ensamble colectivo. Esos tipos que dominan el escenario se están divirtiendo. No hay duda, basta con observar la sonrisa perpetua de Belew, o el swing de Vai, que no deja de moverse, como si bailara un lento con una pareja invisible y al mismo tiempo elabora una escala imposible.

La primera parte del show viajó por los momentos intrincados de Beat y Three of a Perfect Pair (“Neal and Jack and Me”, “Sartori in Tangier”, “Dig Me”, “Industry”, Lark’s Tongues In Aspic, Pt. III”) y otros bajo el formato canción Lennon-McCartney en sintonía deforme (“Heartbeat” “Model Man”, “Man With An Open Heart”) con Belew brillando en el doble rol de cantor psyko killer y acróbata melódico.
El largo intermezzo sirvió para intercambiar percepciones. En el campo con sillas, varios buscaron amigos o conocidos con el fin de testear si esa mezcla de extrañeza y felicidad era una sensación compartida. La segunda parte tuvo puntos aún más altos: el comienzo a bordo de un mini-set de tambores para el dueto percusivo entre Carey y Belew en la reinvención de “Waiting Man” o el rescate emotivo de un tema instrumental como “The Sheltering Sky” marcaron el costado climático del show. La escala obligatoria por varios temas de Discipline capturaron otro tipo de intensidad: “Frame by Frame”, “Matte Kudasai” y el formidable embate de “Elephant Talk” crearon una secuencia invencible por la evocación del disco que inició el renacimiento de King Crimson. Esta etapa -1981-1984- es conocida bajo el rótulo de “gamelan rock” por la utilización de patrones de guitarras entrelazados, un modo característico de la tradición musical de Indonesia.

Es paradójico que la banda insignia del rock progresivo británico hoy sea un objeto de estudio y expansión de cuatro norteamericanos. El legado de Fripp sigue intacto y fue el propio fundador de King Crimson quién saludó la propuesta de Beat con una bendición desde sus redes sociales. Incluso recomendó a Vai como el candidato ideal para tomar su puesto. Y no se equivocó, el guitarrista que aprendió todo junto a Frank Zappa no se limitó a reproducir lo ya escrito y registrado, fue mucho más lejos: la perfecta conexión de miradas que logra con Belew es uno de los secretos artísticos del cuarteto. Y qué mejor que homenajear al Crimson de Red con la canción que tiñó de rojo sangre todo el escenario. Para el cierre algo parecido a un tornado para conmover audiencias a través de la versión modelo 2025 de “Thela Hun Ginjeet”.
Como en los inolvidables shows de 1994 en el Teatro Broadway y en Prix D’Ami, Tony Levin registró varios momentos del show con su cámara de fotos. También exhibió sus famosos funk fingers, un curioso dispositivo para acentuar el golpe de sus dedos sobre las cuerdas del bajo y llevar a otra frontera rítmica la altura formidable de “Sleepless”. Uno de los tantos trips que dejó la noche del elefante de cuatros cabezas.
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