A mediados de los años 60, adidas buscaba entrar en el mercado más competitivo del deporte: la NBA. En 1965, la marca lanzó las Supergrip, un modelo de baloncesto que introdujo dos innovaciones fundamentales: una suela vulcanizada para mejorar la tracción y una puntera de goma en forma de concha que protegía los dedos de los golpes. Aquella pieza, la famosa shell toe, terminaría convirtiéndose en una de las siluetas más reconocibles del diseño deportivo del siglo XX.
En 1970, el modelo evolucionó oficialmente hacia lo que hoy conocemos como Superstar. Su adopción en la liga fue rápida. Chris Severn, ejecutivo de adidas, recorría los vestuarios de la NBA con una maleta llena de pares, convenciendo a los jugadores uno por uno. La estrategia funcionó: a comienzos de los 70 cerca del 85 % de los jugadores de la NBA utilizaban las Superstar, desplazando a las clásicas Converse de lona que habían dominado durante décadas.
El golpe definitivo llegó en 1976, cuando Kareem Abdul-Jabbar firmó un acuerdo de patrocinio exclusivo con adidas, convirtiéndose en el primer jugador en tener un contrato individual con la marca. Para entonces, las Superstar ya eran las reinas del baloncesto profesional. Pero lo que parecía el punto más alto de su historia deportiva era en realidad apenas el comienzo de algo mucho más grande.
Cuando el hip hop adoptó las tres rayas
Las tecnologías deportivas evolucionan rápido. A finales de los 70 y comienzos de los 80, nuevos modelos desplazaron a las Superstar de las canchas. Sin embargo, en las calles de Nueva York empezaba a gestarse otro escenario cultural: el hip hop.
En Queens, el grupo Run-DMC había desarrollado una estética radicalmente distinta a la de sus contemporáneos. Mientras muchos artistas del rap temprano imitaban el brillo del glam rock, Run-DMC se vestía como la gente de su barrio: chaquetas deportivas, cadenas de oro, jeans y adidas Superstar sin cordones.
No era una estrategia de marketing. Era simplemente la ropa que usaban.
En 1986 lanzaron ‘My adidas’, una canción que funcionaba al mismo tiempo como homenaje y como declaración cultural. El tema respondía a los prejuicios que asociaban la estética urbana con criminalidad. “My adidas” era un gesto de orgullo: una reivindicación de la identidad de barrio en un momento en que el hip hop aún era visto por muchos como una cultura marginal.
La anécdota que siguió se volvió legendaria. Durante un concierto en el Madison Square Garden, Run-DMC pidió a los más de 40.000 asistentes que levantaran sus zapatillas en el aire. Miles de Superstar aparecieron sobre las cabezas del público como si fueran una bandera colectiva. Entre bastidores, ejecutivos de adidas comprendieron algo que la industria aún no había entendido: el poder cultural del hip hop.
El resultado fue histórico. adidas firmó con Run-DMC el primer contrato entre una marca deportiva y un grupo de rap. Aquello no solo impulsó las ventas. Cambió la relación entre música, moda y marcas para siempre.
Del hip hop al britpop
Las Superstar no se quedaron en el rap. Con el paso de las décadas empezaron a aparecer en escenas musicales muy distintas. En los 90, el britpop también encontró en ellas una especie de uniforme informal. Noel Gallagher, guitarrista de Oasis, fue uno de los músicos que más ayudó a consolidar esa conexión entre rock británico y adidas. En plena era de chaquetas parkas, fútbol y cultura working-class, las Superstar encajaban perfectamente con la identidad estética del movimiento.
No era extraño ver a Gallagher sobre el escenario con unas tres rayas en los pies mientras Oasis tocaba frente a estadios llenos. Para una generación entera de fans del britpop, aquellas zapatillas representaban algo sencillo pero poderoso: estilo sin esfuerzo.
Cuando las Superstar se apoderaron del nu metal
A finales de los 90, cuando el nu metal dominaba la radio y los escenarios de MTV, las adidas Superstar volvieron a encontrar un nuevo territorio dentro del rock pesado. Fred Durst, líder de Limp Bizkit, convirtió las tres rayas en parte de su uniforme escénico: gorras rojas, pantalones anchos y Superstar que conectaban el sonido abrasivo de la banda con la estética del hip hop que siempre había influido al grupo. Limp Bizkit fue, en muchos sentidos, una banda puente entre dos mundos, rap y metal, y las Superstar encajaban perfectamente en ese cruce cultural. No eran simplemente zapatillas: eran un recordatorio visual de que, incluso dentro del caos del nu metal, la cultura urbana seguía marcando el ritmo.
La persistencia del ícono
En los años 2000, artistas como Pharrell Williams y Snoop Dogg ayudaron a mantener vivas las adidas Superstar dentro del ADN del hip hop. Mientras Snoop las incorporaba naturalmente en su estética relajada de la Costa Oeste, donde adidas siempre ha sido parte del uniforme cultural del rap, Pharrell las llevó a otro terreno: el de la creatividad y la experimentación visual. A través de sus colaboraciones con adidas Originals, Pharrell convirtió las Superstar en un lienzo para explorar color, identidad y diseño, demostrando que una zapatilla nacida en el deporte podía seguir reinventándose dentro de la música y la cultura pop.
Cinco décadas después de su lanzamiento, las adidas Superstar siguen apareciendo en escenarios inesperados. Su silueta, la puntera de concha, las tres rayas, la suela plana, se ha mantenido casi intacta, algo raro en un mundo obsesionado con la innovación constante.

En América Latina, una nueva generación de artistas también las ha adoptado como parte de su estética. NSQK, por ejemplo, las incorpora con frecuencia dentro de un lenguaje visual que mezcla pop alternativo, sensibilidad digital y streetwear contemporáneo. Kenia Os, una de las figuras más influyentes del pop latino surgido de internet, ha integrado las Superstar en sesiones y apariciones donde la moda urbana convive con el glamour del pop moderno. Y en el caso de Peso Pluma, cuya estética mezcla referencias del regional mexicano con códigos del hip hop global, las zapatillas encajan como un puente cultural: el mismo modelo que nació en la NBA y se volvió símbolo del rap ahora aparece en el universo de los corridos tumbados. Lo interesante es que ninguno de ellos parece llevarlas como un gesto nostálgico, sino como parte natural de un lenguaje visual contemporáneo donde música, moda y cultura digital se mezclan constantemente.
La zapatilla que nació en las canchas de baloncesto terminó convirtiéndose en una especie de objeto cultural mutante: hip hop en los ochenta, britpop en los noventa, streetwear global en el siglo XXI.
Ese recorrido explica por qué las Superstar siguen apareciendo en colaboraciones con músicos, diseñadores y artistas de todo el mundo. No se trata simplemente de un modelo de zapatillas, sino de un artefacto cultural que ha sabido migrar entre escenas musicales durante más de medio siglo. Y ahí está la clave de su longevidad. Las Superstar no se reinventaron para cada generación, sino que fueron adoptadas por ellas.
Primero por los jugadores de la NBA, luego por Run-DMC en las calles de Queens, después por Noel Gallagher en los estadios del britpop, y hoy por artistas de una industria musical completamente distinta. Pocas zapatillas pueden presumir de haber escuchado tanta música a lo largo de su vida.
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