Desde su propio título, Movimientos para soltar el alma propone una coreografía interna: nueve piezas que funcionan como ‘movimientos’ de un mismo ritual, cada una destinada a liberar algo distinto. “Este disco es una especie de manual de nueve canciones… un ‘set de reglas’ para responder preguntas sobre el ritmo, el tempo, el género y la letra”, explica el vocalista Mateo París, dejando claro que la banda trabajó bajo un concepto rector poco habitual en su catálogo.
El álbum llega cuando Oh’laville cumple 15 años de trayectoria, una edad en la que su lenguaje ya es reconocible pero no se conforma: aquí hay guitarras gruñendo nuevamente, líneas de bajo llenas de movimiento y argumentos, además de texturas electrónicas que expanden su paleta sin perder el pulso rockero que los formó. Es, a la vez, riesgo y consolidación.
La génesis del álbum habla de foco y oficio. La banda se encerró dos veces en El Alto Estudio, en las montañas antioqueñas, entre 2024 y 2025; en la silla de producción, el aliado de siempre: Francisco “Kiko” Castro, presente en toda su discografía. “Se sintió muy bien volver al estudio… hemos entendido lo que nos gusta y lo que funciona dentro del lenguaje que hemos desarrollado”, resume el bajista Andrés Sierra.
El tracklist es un pequeño mapa emocional que viaja entre lo terrenal y lo etéreo. El recorrido comienza con ‘El Presente’ y ‘Futuro’, una apertura que plantea desde el inicio el diálogo entre lo inmediato y lo venidero. Más adelante, el pulso crece con ‘No hay amor sin alma’, punto de máxima tensión antes de abrir paso al desenlace con ‘Ven a visitarme’, que cierra el viaje.
En medio, los cortes ya conocidos (‘Las Olas’, ‘Tantos Universos’, ‘Gravedad’, ‘Crucemos’) conviven con ‘Un baile en la orilla’, quinta entrega de este ciclo y resumen de su promesa: un desfile donde se mezclan espíritus y humanos, un rito bailable que condensa la tesis del disco.
Movimientos para soltar el alma funciona como bisagra: retoma el Oh’laville guitarrero, audaz y explosivo que muchos conocieron, mientras empuja con decisión su costado disco-pop y electrónico. Suena a una banda que confía en el método esa idea de “manual” que ordena los impulsos y a un grupo que, a los quince, baila frente al espejo y se reconoce: no necesita escoger entre pista y distorsión porque su fiesta es ambas.
Oh’laville entrega un álbum que celebra su pasado, se mueve en el presente y, sin prometer certezas, se lanza de cabeza hacia el futuro. Soltar, a veces, es el mejor modo de aferrarse a lo que uno es.
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