Dos horas de completa locura.
Por Tatiana Cusato.
Es difícil describir sensaciones y cuando hablamos de un concierto, quizás no debería serlo tanto porque en una crónica uno piensa que se debería contar: tocó tal, cantó tales y tales temas, pasó esto y lo otro. Pero cuando la música nos pasa por el cuerpo resulta un poco más complejo porque cada uno tiene sus propias percepciones que son intransferibles.
Es probable que entre los asistentes al show de System of a Down en Vélez, en un futuro haya una especie de complicidad, como esas que se generan cuando sólo los que estuvieron presentes saben qué se vivió. Pero acá vamos a intentar transmitir algunas de esas sensaciones para que nadie se quede afuera.
Diez años pasaron desde que la banda armenia-estadounidense pisó la Argentina, e incluso los músicos recuerdan esa vez en GEBA porque les llamaba la atención el paso del tren durante el concierto. (Lo contó acá John Dolmayan en una entrevista exclusiva con Rock & Pop).
Pero esta vez fue distinto… con un Vélez que se agotó a las poquísimas horas de haber salido a la venta las entradas, las expectativas estaban muy altas y System no sólo no defraudó, sino que dejó a todo el mundo como… como cuando te revolea una ola: cuando lográs levantarte estás asustado/a, ahogado/a, divertido/a y tratando de acomodarte las prendas si es que te quedó alguna.
Dos horas exactas a puro heavy metal, extremo, palo y palo sin respiro, donde no hicieron ni una pausa, ni el habitual corte para descansar unos minutos y a la vuelta rematarnos a todos con los bises. Acá no hubo nada de eso. Fue una máquina perfectamente calibrada con una ingeniería impecable para que desde el primer acorde que se escuchara hasta el último, transcurrieran dos horas y en el medio se desatara la locura colectiva.
La cosa arrancó con la melodía de “Arto” del disco Toxicity (2001), algo tranqui de fondo para que Serj Tankian, Daron Malakian, Shavo Odadjian y John Dolmayan puedan subirse al escenario y saludar con sonrisas de oreja a oreja. Después sí, a prepararse: lo primero que sonó fue “Attack” tema que abre el último álbum de SOAD, Hypnotize (2005), para luego escuchar “Suite-Pee”, otro tema que abre un álbum pero esta vez el debut de 1998.
La lista siguió con “Prison Song”, “Violent Pornography”, el gran “Aerials”, y un total de 32 canciones que para los fans de la banda son todos clásicos. Es increíble cómo una banda que hace 10 años que no se reunía, otros 20 que no saca material nuevo y su discografía completa tiene un total 5 álbumes, pueda tener tantos temas de ese calibre. Uno atrás de otro, sin respiro y con un nivel de intensidad pocas veces visto (u oído).
El de anoche se trató de un show que no necesitó mucho más, sólo los músicos, su talento y sus canciones, sin pirotecnias ni mucha parafernalia más allá de las luces y pantallas habituales, que desde ya eran de primer nivel.
La interacción entre la banda y el público estuvo a cargo del magnético guitarrista Daron Malakian, que no paró de agitar y hacerle caras a la gente con sus locas expresiones, y hasta se llevó la perlita de la noche cuando tocó y cantó un fragmento de “Careless Whisper” de George Michael para introducir “Lonely Day”, casi único momento de respiro junto a “Lost in Hollywood”.
Este momento también fue para destacar ya que Tankian y Malakian hacen una hermosa interpretación juntos, y al finalizar el tema se abrazaron y Malakian dijo en un inglés que se entendió perfecto: “la gente piensa que no nos caemos bien pero nos amamos”.
Pero basta de romanticismo y nada de descanso, enseguida siguieron con “Streamline” y la exigencia física que requirió estar en el campo no aflojó hasta el final: “Forest”, “Protect the Land”, “Cigaro”, “Roulette”.
Para “Toxicity” el bajista, Shavo, salió al escenario vestido con un poncho celeste y blanco, y todo el campo de Vélez se llenó de los famosos círculos de la muerte -punto altísimo del show-, y para el final con “Sugar” la locura fue total. No había nada más que pedirles a los SOAD, sin embargo, en mi opinión personal, el cierre del show fue cuando los músicos dejaron sus instrumentos y se dieron un gran abrazo grupal, los cuatro juntos y con una sonrisa en sus labios, para luego sí, retirarse del escenario.
Si había alguien que necesitara exorcizar frustraciones de la vida y descargar energía, no importa en qué localidad estuviera, con este show lo logró. Tanto público como banda dejamos todo en ese estadio.
Que viva la música, que viva el rock y que vivan estos rituales de comunión.
Ph: @san.sacristan y @simon_canedo
Cobertura Audiovisual: Mateo Araujo y Abel Mateu
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