Donald Trump: el ayatolá estadounidense

Los politólogos y expertos en relaciones internacionales consideran al Irán moderno como la única república teocrática del mundo. Esto significa que el país combina elementos de dos sistemas de gobierno distintos: los votantes eligen un parlamento y un presidente, pero el poder supremo reside en los consejos religiosos y en un líder supremo cuya autoridad emana directamente de Dios. (Una estructura muy diferente a la de Israel, por ejemplo, cuyas instituciones religiosas carecen de poder constitucional). Existen muchas repúblicas en el mundo y un puñado de pequeñas teocracias, pero solo en Irán se encuentra una amalgama funcional de ambas.

Menciono esto porque creo que apunta a una ironía que suele pasarse por alto en este conflicto estancado. Mientras Donald Trump amenaza, una y otra vez, con borrar del mapa al Estado iraní, parece cada vez más inclinado a crear su propia república teocrática en los Estados Unidos. De manera reiterada y sorprendente desde que los misiles empezaron a cruzar el cielo en febrero, Trump y los miembros de su gabinete han retratado la guerra como una especie de cruzada moderna, ordenada por Dios a través de una vía de comunicación que solo ellos pueden escuchar.

Trump afirma que Dios quiere que Estados Unidos gane la guerra, mientras sus asesores hacen desfilar a líderes evangélicos por el Despacho Oval para que le pongan las manos al presidente. Su inquietante secretario de Defensa, Pete Hegseth, comparó el derribo y rescate de un aviador estadounidense durante las vacaciones de Semana Santa con la crucifixión y resurrección de Cristo. Según informaciones de The Guardian, algunos mandos militares han arengado a sus tropas predicando que Trump es el ungido de Jesús y que ha iniciado la marcha hacia el Armagedón. Al parecer, esto último se considera algo positivo.

Por lo general, no suelo alterarme por un poco de fervor religioso en nuestra política. No hay nada nuevo en el hecho de que los presidentes se sientan guiados por la divinidad; es difícil llegar a ese cargo y no sentir que el destino estaba, de algún modo, predeterminado. Además, he conocido a excelentes servidores públicos —se me viene a la mente John Kasich, exgobernador de Ohio— cuyas convicciones fe y política estaban profundamente entrelazadas. Pero ahí radica el problema: lo que hace que este acto de Trump de “hablar en nombre de Dios” sea tan indignante es que, a diferencia de todos ellos, él es probablemente el presidente menos religioso que EE. UU. haya tenido jamás.

Al igual que en su primer mandato, cuando agitó torpemente una Biblia al revés frente a una iglesia en Lafayette Square, Trump parece ahora estar interpretando el papel de un teleevangelista, pero sin un ápice de la autenticidad que John Goodman aportó a la serie The Righteous Gemstones. Tampoco abundan los teólogos en su gabinete; entre los sermones de corte cristiano que Hegseth ha pronunciado recientemente en el Pentágono, hay uno que plagió descaradamente de la película Pulp Fiction, creyendo aparentemente que era un texto bíblico real. Eso resultaría muy divertido si no estuviéramos hablando del tipo que tiene la potestad de enviar tantos soldados a la guerra.

Ilustración de Victor Juhasz

No, el cristianismo tal como se practica en la administración Trump tiene muy poco que ver con una fe profunda en el Altísimo y casi todo con una identidad nacionalista: la idea motriz de que los estadounidenses blancos y cristianos son los elegidos, enzarzados en una causa existencial tanto contra el liberalismo como contra el Islam. En esta quimera, Cristo no es la figura central de adoración; ese lugar es para Trump. En la república teocrática de Trump, él es el ayatolá, enviado para interpretar la voluntad divina y restaurar la supremacía de la cultura cristiana. Ningún creyente real en un poder superior habría publicado una burda ilustración de sí mismo como un sanador querúbico, de aspecto crístico, flotando al lado de la cama de un enfermo. Para hacer eso, y no pedir disculpas, hay que estar convencido de que uno mismo es el poder trascendental que todos estábamos esperando.

Al menos un líder religioso imponente comprende esto, y es el papa de origen estadounidense. Alarmado por la promesa de Trump de destruir “toda la civilización” de Irán, el papa León lanzó un golpe de autoridad al declarar que “Dios no respalda ninguna guerra” y “no bendice ningún conflicto”. Después de que Trump publicara la infame ilustración, el pontífice fue más allá y advirtió sobre los tiranos que “explotan la religión” para sus propios fines militaristas. Trump respondió a todo esto como si el líder de 1.400 millones de católicos fuera simplemente un demócrata más en un programa de televisión de izquierda. “No quiero a un papa que critique al presidente de los Estados Unidos porque estoy haciendo exactamente aquello para lo que fui elegido CON UNA VICTORIA APLASTANTE”, publicó Trump, añadiendo que León era “terrible para la política exterior” y “DÉBIL contra el crimen”. Nadie supo muy bien a qué venía esto último. Pudo haber sido una alusión a la inmigración, o tal vez a los abusos sexuales en la Iglesia. O quizás, simplemente, Trump confundió a León con otra persona.

Al arremeter contra el papa, Trump seguía a rajatabla un manual de estrategia que le ha funcionado de maravilla a lo largo de su más de una década en la política. Una y otra vez, Trump ha disfrutado atacando a personas e instituciones woke (progresistas) que antes se consideraban intocables en la política estadounidense: las agencias de inteligencia, los generales, la NFL e incluso a Taylor Swift. En cada ocasión, los analistas han puesto el grito en el cielo advirtiendo lo catastrófico que resultaría para él en términos políticos, solo para que el tiempo les demostrara que estaban equivocados. Esto se debe a que Trump llegó a la política con una lectura de nuestra época que muy pocos profesionales de la disciplina entendían: los estadounidenses pueden mantener cierta lealtad a instituciones muy queridas, pero no confían en casi nadie que esté en el poder. Por lo tanto, mientras dirijas tu desprecio hacia los jefes del Estado Mayor y no hacia los soldados, o hacia el comisionado de fútbol americano y no hacia los jugadores, incluso los votantes que viven en ciudades militares o que pasan sus fines de semana en los estadios probablemente te apoyarán.

Trump no temió atacar a León en las redes sociales y afirmar que él interpretaba mejor la voluntad divina que el propio papa, porque toda su experiencia le dicta que la mayoría de los católicos de tendencia conservadora se pondrán de su lado antes que del lado de un pomposo miembro de la élite de Chicago que viste un sombrero extravagante. Esa convicción fue validada de inmediato por J. D. Vance, un reciente converso al catolicismo, quien no perdió tiempo en sermonear al papa diciéndole que dejara la teología en manos de los expertos.

Sin embargo, muchos republicanos en Washington temen que la incursión de Trump en el terreno religioso pueda acarrear más consecuencias de las que él imagina. Y la verdad es que tienen razón. El panorama de las elecciones de mitad de mandato ya se perfilaba como un auténtico infierno para los republicanos, con los precios de la gasolina por las nubes y los mercados financieros en caída libre. Es una vieja regla empírica en las elecciones legislativas parciales que los presidentes arrastran hacia abajo a sus partidos a medida que sus niveles de aprobación caen por debajo del 50 %; el apoyo a Trump apenas roza el 40. No hace falta ser un experto en demografía para saber que una gran cantidad de votantes independientes en los estados que decidirán el control del Senado (Míchigan, Maine, Nuevo Hampshire, Ohio) son católicos. Si Trump le ha costado a su partido aunque sea una pequeña fracción de estos votantes, es una pérdida que los republicanos no se pueden permitir.

Pero el peligro aquí para Trump va más allá del catolicismo. Los cristianos evangélicos, que son tan vitales para la causa republicana, siempre han sabido que Trump no es realmente uno de los suyos. Nadie confundió jamás al ruidoso y célebre promotor inmobiliario con una especie de calvinista encubierto. Lo que unía a estos votantes con Trump era un enemigo común, o varios: los medios de comunicación de izquierda, las escuelas de ideología woke, los demócratas obsesionados con las cuestiones de género y los extremistas islámicos. Muchos cristianos religiosos (y no pocos judíos) apoyaron a Trump porque parecía enfurecer de manera sistemática a todas las personas que los miraban con desprecio. No necesitaba ser un hombre de Dios, sino el instrumento inesperado de Su voluntad.

La guerra de Trump contra Irán —y la ramplona evangelización que la rodea— puede poner a prueba ese vínculo de forma severa. Los cristianos y judíos devotos comparten el temor a los ayatolás radicales y probablemente apoyarían casi cualquier acción si Irán fuera realmente una amenaza inminente. Pero eso no significa que estén ansiosos por regresar a la Edad Media para terminar lo que Ricardo Corazón de León empezó. Y toda esta retórica sobre la venganza divina no ha dejado al descubierto el delirio religioso de Trump tanto como su abyecto cinismo. Las proclamaciones de la voluntad divina, la imposición pública de manos, la imaginería de la crucifixión… todo ello apunta a un presidente que ve a sus propios votantes como incautos a los que se puede manipular para que respalden una guerra santa en Oriente Medio.

A estas alturas, uno pensaría que la verdad ya debería estar resultándoles evidente. La guerra no es santa, y no es la suya.

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