El MCU y el FOMO: por qué sigo enganchado a los superhéroes de Marvel pese a estar saturado

Ya han pasado 13 años desde que el Universo Cinematográfico de Marvel arrancó con la ‘Iron Man’ de Jon Favreau. Más de una década de superhéroes en cantidades industriales en la que se han estrenado 24 largometrajes y tres series de televisión, y se han recaudado más de 22.000 millones de dólares en todo el mundo gracias a un ambicioso plan narrativo a gran escala que no tiene, ni por asomo, intención de detenerse.

Mirar al futuro del MCU después del cierre de la ‘Saga del Infinito’ con la espectacular dupla compuesta por ‘Vengadores: Infinity War’ y ‘Endgame’, a título personal, me está provocando una sensación de vértigo directamente proporcional a los niveles de pereza. Tras su expansión catódica en Disney+, la franquicia de Marvel Studios tiene en el horizonte una decena de largometrajes con fecha de estrena confirmada; a los que hay que sumar los anunciados en fase de desarrollo y más de una decena de shows para la plataforma de streaming. Casi nada.

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Sólo escribiendo estas líneas, mis globos oculares han estado a punto de entornarse lo suficiente como para quedar completamente en blanco y apuntar directamente a mi cogote. Pero lo verdaderamente sorprendente de esto es que, pese a todo, estoy plenamente convencido de que terminaré deglutiendo todos y cada uno de los minutos de contenido que la Casa del ratón me lance a la cara tras resoplar con resignación.

¿A qué se debe semejante contradicción —que, seguramente, no soy el único que experimenta—? Voy a intentar dar respuesta a la pregunta del millón escudándome en una patología que, en la era de la conexión global constante y la inmediatez, está campando a sus anchas y afectando a medio mundo: el FOMO.

¿Y si me pierdo ALGO?

Desde hace una temporada me he percatado de que, entre mis amistades —que incluyen fans declarados del MCU con estanterías plagadas de merchandising marvelita— cada vez escucho más frases como “Uf, otra de Marvel, qué pereza”, acompañadas instantáneamente de un “A ver si puedo verla en cuanto salga”. La primera parte de la oración es perfectamente comprensible en un momento en el que Disney+ se ha encargado de no dar un momento de respiro encadenando producciones catódicas desde enero de este año pero, ante el desconcierto, indagando he llegado a la conclusión de que lo único que puede explicar la segunda parte es el Fear of Missing Out.

¿Qué es esto del FOMO? Simplificándolo para hacerlo más comprensible, es una patología psicológica identificada a mediados de los 90 por el especialista de marketing Dan Herman, y que se popularizó en el año 2004 gracias aun artículo en la revista de la Harvard Busines School. Esta dolencia provoca una reacción de ansiedad social ante la idea de que otras personas puedan estar disfrutando de algo sin que la persona afectada esté presente.

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Los efectos del FOMO, que pueden derivar en problemas severos como cuadros de depresión, se han visto agravados por la evolución de internet y las redes sociales. No es extraño encontrarse abriendo la aplicación de Twitter de forma regular para ver si ha aparecido un nuevo Trending Topic que comentar, y que nos de esa sensación de no-desconexión del mundo que nos rodea y de estar plenamente al corriente del minuto a minuto; algo que también se ha reflejado en la industria del entretenimiento.

El ejemplo más claro del Fear of Missing Out como herramienta de “fidelización” —por utilizar un término poco agresivo— se encuentra en el medio del videojuego; particularmente en el sector del competitivo *online. Eventos especiales, pases de batalla con recompensas diarias por fichar o loot boxes con contenidos aleatorios son algunos de los recursos con los que captar jugadores y no dejarlos escapar —de hecho, yo estoy sufriéndolo en mis carnes actualmente con el ‘Pokemon Unite’—.

¿Y si tiene la poscréditos definitiva?

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Pero, ¿cómo se aplica todo esto al caso que nos ocupa? La hiperconexión en la que vivimos, sumada al hecho de estar frente a un universo compartido, hace que el miedo a perderse un giro determinante, una escena poscréditos reveladora, la presentación de un personaje esencial para el desarrollo de la trama episódica o, sencillamente, una buena película, esté a la orden del día. Aunque la problemática va un paso más allá.

Además de estar al día, queremos —permitidme el uso del plural mayestático— poder comentar el “bombazo” de turno a la mayor brevedad posible; una urgencia para formar parte de la conversación global sin sentir una falsa exclusión y, sobre todo, para no tragarnos un spoiler prematuro —cada vez lo son más— que nos pueda arruinar la experiencia cuando nos sentemos a vivirla en nuestras carnes de forma más o menos voluntaria. Y, por si esto fuera poco, la pandemia ha acabado acentuándolo al reducir aún más la comunicación “in situ” y potenciar la online.

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En una realidad normal y corriente —y no en la especie de simulación en la que parece que estemos atrapados—, los jarros de agua fría que me han supuesto ‘Bruja Escarlata y Visión’, ‘Loki’ y, sobre todo, ‘Viuda Negra’ —’Falcon y el Soldado de Invierno’ la disfruté algo más, pero sin alardes— habrían hecho que desconectase por completo del Universo Cinematográfico de Marvel. En lugar de esto —faceta profesional aparte—, lo que he hecho ha sido marcar en rojo la fecha de estreno de ‘Shang-Chi’ en el calendario.

Puede que sea simple masoquismo, o puede que sea por el miedo a pasar por alto algo revolucionario que rompa con la tónica habitual y perder la oportunidad de comentarlo a tiempo con un hashtag bien hermoso en un tuit que reciba un puñado de interacciones. Sea como fuere, algo estarán haciendo bien en Marvel Studios… O no.

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